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Espiritualidad Misionera de Madre María Inés

  • Foto del escritor: P. Alfredo Delgado MCIU
    P. Alfredo Delgado MCIU
  • 28 oct 2019
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 9 sept 2022

Entrar en el corazón de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento es entrar de lleno al corazón de la Iglesia que, por naturaleza, es misionera (AG 1). Uno, al conocer su vida y al adentrarse en su doctrina entra al carisma Inesiano y se encuentra con toda la Iglesia. Así que me parece que reflexionar juntos sobre la espiritualidad misionera de esta extraordinaria mujer, que no conoció fronteras que le impidieran dar a conocer y amar a Cristo y a su Madre Santísima en su advocación de Guadalupe, nos vendrá muy bien para clausurar con ello el «Mes Misionero Extraordinario» que nos ha regalado el Papa Francisco para celebrar 100 años de la promulgación de la Exhortación Apostólica «Maximun Illud», un documento en donde el Papa Benedicto XV en 1919, después de la Primera Guerra Mundial, pidió a todos los miembros de la Iglesia renovar el impulso al compromiso misionero de anunciar el Evangelio. El Papa Francisco nos recuerda que, desde nuestro bautismo, todos somos misioneros y que cumplir con este mandato del Señor no es algo secundario para todo bautizado sino una tarea ineludible.


El Papa Francisco, con la vivencia de este mes, le ha dado continuidad a lo que escribió en su Exhortación Apostólica «Evangelii Gaudium», afirmando que la actividad misionera representa el mayor desafío para la Iglesia y la causa misionera debe ser su primera tarea. La salida misionera —afirma el Santo Padre— es el paradigma de toda obra de la Iglesia (cf. EG 11).


La beata María Inés Teresa, a quien ya conocemos por formar parte de la «Familia Inesiana», parece haberse adelantado en su época y ha dejado una familia misionera de religiosas, sacerdotes y laicos esparcidos en catorce naciones de todos los continentes, con la convicción de que todos, como bautizados, somos misioneros. Además del testimonio de su dedicación generosa al servicio de la Iglesia, de sus viajes misioneros, de las fundaciones de escuelas, hospitales, casas de misión con diversos apostolados y un abundante legado manuscrito, de gran riqueza espiritual y misionera constituido por miles de cartas, consejos y reflexiones, estudios, meditaciones y ejercicios espirituales, nos ha dejado su testimonio de vida como una «Teología misionera viviente».


Viendo la fotografía oficial de la beata María Inés y contemplando allí su especial sonrisa, viene a mi mente, ahora que escribo, aquello que el Papa Francisco dice en ese mismo documento de Evangelii Gaudium cuando afirma que «un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral» (EG 10). En su condición de vicario de Cristo, él nos invita a que recobremos y acrecentemos el fervor, la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual —comenta el Papa— que busca a veces con angustia, a veces con esperanza, pueda recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo."


La espiritualidad misionera que Madre Inés vivió y que nos ha dejado en herencia, va en esta línea. Es una espiritualidad alegre, una vivencia gozosa de ser bautizados, de ser hijos de Dios y de ser instrumentos para que todos conozcan y amen a Dios. Ella constantemente con sus escritos y su testimonio de vida nos recuerda esa tarea que en este mundo, impregnado de materialismo y en medio de un consumismo descomunal, podemos olvidar: Todos somos misioneros desde nuestro bautismo. En una de sus cartas escribe: «Debemos tener siempre presente nuestro ser misioneros como algo que nos quema, que nos inquieta, que no nos permite reposo alguno mientras haya en el mundo una sola persona que no conozca la luz» (Carta circular 13, periodo 1973-1985).


Este mes que estamos por concluir, ha hecho que, en muchos corazones, el tema de la misión recobre actualidad a la luz de sabernos enviados por Cristo a proclamar su fe. El Papa Francisco, en el mensaje de apertura de este acontecimiento, nos ha dicho que la clave para vivir nuestra condición de misioneros es el vivir como testigo, «testimoniando con nuestra vida que conocemos a Jesús. Testigo es la palabra clave —ha dicho—, una palabra que tiene la misma raíz de significado que mártir. Y los mártires son los primeros testigos de la fe: no con palabras, sino con la vida. Saben que la fe no es propaganda o proselitismo, es un respetuoso don de vida. Viven transmitiendo paz y alegría, amando a todos, incluso a los enemigos, por amor a Jesús». La beata María Inés, en una carta a los miembros de la Familia Inesiana escribe: «Tenemos que apoyar nuestra evangelización, sobre los hechos, siendo primero verdaderos testigos de Cristo que nos ha enviado, que nos ha elegido, y ¿por qué a nosotros? porque así le plugo» (Carta colectiva de septiembre y octubre de 1978).


Así, con su vida y con su doctrina, la beata María Inés Teresa, nos muestra que, desde el bautismo, todos somos discípulos–misioneros de Cristo y que, por ende, hemos tenido un encuentro fundante con el Señor, cosa que nos ha hecho no ser meros espectadores de la fe, sino actores directos de la vivencia y transmisión de la fe al interior y exterior de nuestra existencia. Ella, con la frase paulina de 1 Cor 15,25, que impulsa sus anhelos misioneros «Urge que Cristo reine», nos presenta todo un programa de vida para ser misioneros en el aquí y ahora y en todo espacio y lugar. Tres grandes amores: Jesús Eucaristía, la Virgen Morenita de Guadalupe y la salvación de las almas, movieron siempre la acción misionera de esta mexicana sin fronteras que nos ha dejado un legado para seguir llevando a Cristo y a su Madre Santísima a habitar en cuantos son los habitantes del mundo.


Pero, esa tarea, si empieza en el bautismo, quiere decir que debe empezar en casa, desde pequeños, motivados por el testimonio misionero de los padres y tutores. La beata María Inés, impulsando siempre a todos a vivir la misión da algunos consejos que conviene ahora recordar y guardarlos como tareas a cumplir luego de celebrar este Mes Misionero Extraordinario: «Los hogares que son felices, ahí donde los hijos son buenos, dóciles, amantes de sus padres, obedientes a las leyes de Dios y de la Iglesia, es porque lo aprendieron desde pequeñitos en el regazo de su madre y en las rodillas de su padre; ahí sus almas inocentes, fueron aprendiendo la práctica de las virtudes, el amor de Dios, la rectitud» (Consejos). «Cuando los padres y madres de familia sean lo que deben ser, la sociedad se salvará porque son ellos quienes forman la sociedad venidera» (A mis queridas compañeras de la Acción Católica).


Por último, quisiera destacar cómo la beata vive su espiritualidad misionera pensando siempre en María, la primera misionera a quien nosotros ahora, en estos tiempos difíciles que nos toca vivir, debemos de invocar constantemente para llenarnos de Dios y darlo a quienes nos rodean: «Si en tantos hogares no hay paz, no hay amor, tolerancia mutua y no se goza de la vida íntima de familia; es porque no se ama a María; ya no se reza en familia el santo Rosario, las costumbres piadosas han desaparecido de muchos hogares; el dulce nombre de María no se invoca, y si no aman a ella, Jesús ¿quien los enseñará a amarte?» (Experiencias Espirituales).





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