Espiritualidad que libera
- H. Liz Mendoza MC
- 9 nov 2020
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 14 sept 2022
Muchos de nosotros tenemos grandes deseos de seguir la voluntad de Dios y deseos de tener una relación más profunda con Él y sabemos que la oración es el único camino para lograr una relación más estrecha. Sin embargo, a veces experimentamos dificultades para empezar a orar, o durante la oración, muchas veces no sabemos cómo o nadie nos ha dicho nada al respecto, nos han enseñado a repetir oraciones del catecismo, a rezar novenas, rosarios y oraciones hechas por alguien más, pero tal vez no siempre les encontramos sentido o se vuelven rutinarias.
En lo personal hay muchas preguntas que con frecuencia me inquietan: ¿por qué muchos católicos adultos siguen rezando como los niños? ¿Por qué a veces crecemos en muchos ámbitos: intelectual, físicamente, pero no en la vida espiritual? ¿Por qué tantos alumnos de colegios católicos o hijos de familias católicas terminan buscando espiritualidad en corrientes orientales o esotéricas? ¿Por qué mucha de la riqueza espiritual de nuestra tradición sigue siendo tan desconocida para tantos católicos? No tengo la respuesta y hay muchos factores, pero sí creo que uno es porque nuestra catequesis se ha limitado a lo devocional y nos ha faltado transmitir una espiritualidad más profunda, una espiritualidad que integre y libere, una espiritualidad que nos haga encontrarnos profundamente con Dios y así podamos amarle y servirle, encontrar y hacer su voluntad en nuestras vidas, porque en el cumplimiento de su voluntad encontramos nuestra plenitud y felicidad.
Para descender a algunos aspectos prácticos que nos puedan ayudar, quisiera proponer algunos puntos que no son como tal métodos; hay muchos métodos de oración y no es mi intención tratarlos aquí, pues sería muy extenso, pero sí proponer algunas pistas para vivir una espiritualidad que integre nuestra persona y que nos lleve a seguir la ruta del Espíritu:
1. Espiritualidad que integre el cuerpo: a lo largo de mi vida veo cómo en muchos creyentes no integran el cuerpo en la vida de oración o en la vida espiritual. He visto cómo muchos católicos comienzan a buscar en espiritualidades orientales y, ante el ritmo estresado y veloz de nuestros trabajos y vidas, las personas cada vez más buscan yoga, meditación oriental, etc. En el fondo muchos buscan la necesidad de conectar con el propio cuerpo y tener la sensación de bienestar. La espiritualidad cristiana está anclada justamente en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, el Verbo de Dios que se hizo carne para tocarnos y dejarse tocar. La espiritualidad no puede estar disociada de nuestro cuerpo, no podemos vivir nuestra espiritualidad sin el cuerpo, somos humanos y por lo tanto somos un cuerpo. Nuestro cuerpo nos permite tocar, sentir, comunicarnos con los demás, experimentar el amor, la ternura, contemplar la belleza de la creación. Nuestro cuerpo es espacio de conexión con nuestro creador y nos permite alabarlo.
Muchas veces digo a las hermanas jóvenes de mi comunidad: “¿a poco no cuando estaban en la secundaria y se enamoraron de algún muchacho sintieron las famosas mariposas en el estómago, se les aceleraba el corazón, se ponían rojas o les sudaban las manos? Y a veces el muchacho ni siquiera sabía de su existencia ¿Cómo no vamos a sentir mariposas en el estómago al pensar que todo un Dios está enamorado de nosotras y nos desea? ¿Cómo no sentir una especie de vértigo positivo al pensar que el Dios de la creación me ama con amor total e incondicional?” La consolación y alegría que estas verdades nos hacen gustar, si nos fijamos bien, también las sentimos en nuestro cuerpo, igualmente cuando lloramos nuestros pecados o el tiempo perdido en cosas inútiles en vez de servir a Dios. Una espiritualidad sana, una espiritualidad que libera, conecta con e incluye al cuerpo. Al hacer oración ayuda muchísimo usar los sentidos para ver, oír, tocar a Jesús. Me encanta meditar los misterios de la Navidad, pensar en que todo un Dios se ha hecho un bebé. La sensación de tener un bebé en brazos es de las vivencias más hermosas. Ahora imagina que todo un Dios se hace tan pequeño para dejarse cargar como un bebé, un ser frágil, pequeño. Así podemos usar experiencias de la vida que nos ayuden a entrar con nuestro cuerpo en la oración. Estar atento a las sensaciones corporales durante la oración ayudará a recoger la experiencia completa de nuestro tiempo con Dios. Otra vía para incluir al cuerpo es usar los sentidos para captar los mensajes de Dios en la vida cotidiana: el canto de los pájaros, la vista de un atardecer, el oler la tierra cuando recién llueve, el tacto al abrazar a un hijo, esposo, amigo.
2. Espiritualidad que integre los afectos: además de nuestro cuerpo y unidos a él, están nuestros afectos. A veces hay tendencias que privilegian lo racional, despreciando el sentimiento, por otro lado, otras corrientes exaltan demasiado el sentimiento. La fe y el amor son más que un sentimiento, eso hay que tenerlo claro, pero no por ello los excluyen, al contrario los integran, pues son los afectos los que mueven nuestra voluntad para desear algo. Recuerdo mucho un profesor salesiano que nos decía: “está bien buscar a Dios con la razón, pero nadie se enamora del “motor inmóvil o la causa incausada,” nos dejamos cautivar por una persona, Jesús, que movió nuestro corazón y nos decidimos a seguirle.” Así es, Dios no es una idea, en la oración usamos nuestra inteligencia, pero lo que realmente cambia nuestra vida es cuando experimentamos, gustamos el amor de Dios, cuando nuestra oración es afectiva. Estamos llamados a integrar nuestra razón y afectividad en la oración.
3. Espiritualidad que siga los impulsos del Espíritu: en mi experiencia acompañando personas espiritualmente, veo que muchas veces cuesta elegir el tema de la oración, cómo iniciar a orar, o cómo seguir cuando nos atoramos. Muchas veces nos desgastamos y hacemos grandes esfuerzos partiendo de lo que nosotros pensamos debemos hacer, con muy buena voluntad, pero partiendo de nosotros mismos, no de lo que Dios quiere de nosotros o desde su mirada. Claro, no es tan fácil saberlo, pero tampoco es un camino reservado a personas privilegiadas espiritualmente. Sugiero dos maneras muy prácticas para iniciar y encontrar el camino que el Espíritu quiere para mí:
a. Meditación de la lectura del Evangelio del Día: se puede seguir el esquema de la Lectio Divina, o el esquema ignaciano de seguir tres puntos. Recomiendo el libro “El ABC de la oración” del P. Fédéric Fornos S.J. publicado en la Buena Prensa. Este libro muestra pasos sencillos para iniciarse a la oración por la ruta de la meditación y contemplación del Evangelio. Al iniciar se pide lo que se quiere obtener, p/e: conocimiento interno de Jesús para mejor amarlo y servirle. Según las luces obtenidas en la oración, se continúa pidiendo eso la siguiente vez.
Normalmente Dios se impone con ciertos temas o luces, p/e: confía más, abandónate; sé más misericordioso contigo mismo y los demás; perdona y sé libre; vive en la verdad ante ti y ante Mí, etc. Estos temas o luces no son solo ideas nacidas solamente de una reflexión intelectual, sino que se imponen afectivamente, se van repitiendo una y otra vez, se me presentan las ocasiones de vivirlo en la vida cotidiana, se me imponen en el trato con los demás, en la historia. Dios me va confirmando lo que me pide, es así como vamos comprobando que no son sólo ideas nuestras, sino que es el camino por el cual Dios me lleva.
b. Meditación de algún tema que siento profundamente en el corazón: si ya he tenido un camino previo de oración o bien, un camino de sanación o atención terapéutica, puedo saber algún asunto de mi vida que quisiera abordar desde la oración: perdonar a alguien, adquirir seguridad y confianza en mí mismo, un duelo, etc. Se puede tomar algún punto de ese trabajo interior y buscar citas bíblicas o de santos relacionadas con esto. Por ejemplo, si es un tema de perdón, tomo salmos, pasajes evangélicos o de las cartas de los apóstoles donde se hable de perdón. Para esto es bueno usar alguna Biblia temática, donde puedo buscar la palabra “perdón” y sacar las citas que me resuenen más. Supongamos que quiero hacer mi ruta de oración para la semana, pues escojo 7 citas, una para cada día; sin embargo, si una cita me da para más días, la sigo meditando y gustando hasta que me sacie, entonces paso a la siguiente, y así hasta que siento que Dios me pide otra cosa o en la oración se me va imponiendo otro tema. Una joven a la que acompañé inició trabajando un tema: la humildad, porque pensaba que era muy soberbia. En el camino, descubrió que, en realidad, lo que Dios le pedía era trabajar en la veracidad, vivir en la verdad y en la luz ante ella, ante los demás y ante Dios. Fue impresionante ver cómo semana a semana Dios le iba dando las luces necesaria para conocerse de frente a Él, de frente al amor de Dios y experimentar la verdad que libera. Ella supo ser dócil a lo que Dios le iba indicando y no aferrarse a lo que ella pensaba o no le gustaba de sí misma.
Espero que estas pequeñas sugerencias sean de ayuda para vivir una espiritualidad que integre nuestra persona y nos ayude a vivir en la verdad que libera. Cuando vivimos procesos de sanación o terapéuticos podemos correr el peligro de quedarnos centrados en nosotros mismos. La oración y la espiritualidad nos hacen recurrir a Dios, que nos da una nueva visión sobre nosotros y nos hace libres para poder amar y darnos a los demás. Esta es una gran diferencia con otras corrientes espirituales de estilo New Age, son espiritualidades que nos centran en nosotros mismos, en nuestra necesidad de equilibrio personal. Cristo y su Espíritu nos sanan y liberan del deseo de complacer a los demás, de nuestra autorreferencialidad, de nuestro egoísmo para ir al encuentro de los demás, para salir de nosotros mismos y transformar la realidad. Buscamos estar bien para servir mejor, cuidarnos para cuidar, recibimos y damos.

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