Cómo llegué a estudiar Teología
- Rut Ron
- 9 sept 2019
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 12 sept 2022
Por años pensé que los éxitos académicos eran la clave para la realización de mis hijos (y lo creía para mí misma). Lo mejor que les podía heredar era la posibilidad de acumular títulos universitarios. Por eso me empeñé (por no decir presioné) por mucho tiempo que les fuera “bien” en la escuela.
Al reflexionar sobre esa época puedo ver que transité varios caminos que me llevaron a cambiar de opinión. Uno de esos caminos fue mi experiencia como madre de familia en el Colegio Isabel la Católica.
Entramos al colegio en agosto del año 2002, cuando nuestro hijo mayor inició al 2° año de jardín de niños. Nos encontramos con la novedad, (porque mi esposo y o no estábamos acostumbrados), de las exigencias en la disciplina, el uniforme, circulares, credenciales para identificación, juntas, eventos etc., etc., y particularmente nos sorprendió la participación de los padres de familia en algo que se llama “clase de fe”.
Yo pensaba: “No hay problema, yo voy. ¿Qué no puedo yo explicarle a mi hijo de 4 años? …por favor, yo tengo muchos conocimientos, tengo mi carrera, mis diplomas etc.” Llegó la circular del tema asignado al niño con la fecha, la hora de la participación y los días para tomar una asesoría ofrecida por colegio a los padres de familia para preparar el tema con anticipación.
Han pasado los años y todavía recuerdo el tema “Los Sagrados Corazones de Jesús y de María”. Literalmente, me quedé helada al darme cuenta que yo no sabía nada de eso y no tenía nada que decir. Pensé que sería suficiente asistir a la asesoría. Llegando a casa me puse a investigar sobre el tema. Hice mi resumen y preparé la plática. “¿Qué tan difícil puede ser dar un tema a niños tan pequeños?”
No recuerdo nada de lo que consulté, ni del resumen. Sólo recuerdo que después de mi intervención, por cierto pésima, la maestra con mucha delicadeza dijo: “bueno niños lo que la señora quiso decir es…” y en unas frases bellas resumió el tema, a nivel de niños, de manera clara y sencilla.
Con mucha vergüenza tuve que admitir mi fracaso, no había transmitido nada de lo esencial. Finalmente no había entendido nada, porque no sabía nada y mucho menos, tenido la experiencia de fe sobre el tema.
Para 3° de kínder, mi hijo seguía siendo resuelto a entender y hacía con muchas preguntas. Pero ninguna con respecto a las áreas de las ciencias en las que según yo, era experta. Sus preguntas eran en torno a temas morales y a temas de fe. Por supuesto que le generaba inquietudes al descubrir la fe en la escuela y no ver nada de eso en su propia casa.
Aunque la información estaba disponible por diferentes medios, yo no lograba hacer vida todo lo que mi hijo estaba aprendiendo en su escuela.
Realmente empezaba a incomodarme por esas preguntas. Mi orgullo herido ante el desconocimiento y mi incapacidad para buscar las respuestas hacían que mis reacciones estuvieran llenas de enfado. No recuerdo la pregunta de aquella ocasión pero sí recuerdo mi respuesta y mis sentimientos: “¡yo que voy a saber de Dios, pregúntale a tu maestra!” y lo dije muy molesta. Este tipo de respuesta las di en varias ocasiones.
Para el año 2005 acepté la invitación a los cursos de teología que ofrece el colegio. Ahora sí, estaba determinada a salir de mi ignorancia y decidida a formarme. ¿Por qué creo? ¿En qué creo? ¿Para qué creo? El sentido mi vida…todas esas fueron las primeras dudas en resolverse. Y así, a lo largo del curso, se fueron despejando un montón de interrogantes que yo tenía acerca de nuestra fe.
Me encanta consultar el material del difunto Padre Jorge Loring. En alguna de sus conferencias cuestionaba al auditorio: “¿Recuerda usted su traje de Primera Comunión? Imagine por un momento que trata de ponérselo. ¿Le queda? Así mismo pasa con la fe”. Él explicaba que la formación recibida desde niños es suficiente para la edad. Pero cuando crecemos, la formación de fe que recibimos en la infancia ya no da respuesta a los cuestionamientos de adultos, por eso debemos formarnos y madurar así en la fe.
Han pasado los años, los hijos siguen cuestionando. Ahora son tres los que preguntan. Aunque son jóvenes, adultos, pero jóvenes aún, puedo mantener conversaciones con ellos, francas y abiertas sobre temas de moral y fe. Soy capaz de argumentar y dar referencias basadas en el Magisterio de la Iglesia y la Sagradas Escrituras. Eso es posible lograrlo si nos proponemos estudiar y consolidamos la fe.
La realidad en la que se desenvuelven nuestros hijos es mucho más desafiante. Por eso la formación en la fe de los padres no se acaba y urge más que nunca. Ya resulta una obligación estar preparados para dar respuestas firmes y precisas de nuestras convicciones, valores y sobre todo darles un testimonio de vida cristiana.
Porque lo experimenté en mi propia persona, ya me quedó claro, qué es lo más importante que puedo dejarle a mis hijos.

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