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Mi experiencia siendo voluntaria en La Florecilla

  • Cilac2019
  • 14 dic 2020
  • 4 Min. de lectura

La primera vez que visité La Florecilla estaba en primero de secundaria; tuve la oportunidad de ir con unos tíos que organizan un viaje cada año para que conozcas la misión. Me enamoré de la misión apenas llegamos. Noté uno de los días a una voluntaria ayudando, no tenía idea que el voluntariado existía en La Florecilla y en ese momento el Señor sembró en mi corazón la semillita para ser voluntaria.


Años después, casi por terminar la prepa mandé una carta a la Madre Martha contándole sobre mi inquietud por ser voluntaria y aceptó mi solicitud. Recién salida de prepa, en agosto del 2019 me fui a La Florecilla, en San Cristóbal de las Casas, Chiapas.


Llegando todo era más bonito de lo que recordaba, mi corazón no podía de la emoción ¡iba a vivir en un bosque por medio año! Tenía muchas dudas ya que no sabía a lo que iba, me dijeron que iba a ayudar, pero nada en específico; una hermana en Monterrey me dijo que sería un “comodín” y así fue. Me tocó dar clases de ciencias naturales e historia a cuarto grado, asesorías a niños de primaria menor y alguna otra cosa que hiciera falta.


Semanas antes de llegar a La Florecilla mi tío me dijo -No tengas expectativas, deja que El Señor te sorprenda.- Traté de tomar su consejo, pero, ¡es difícil no hacerte expectativas!, creí que al llegar me iba a acoplar rapidísimo, que iba a aprender tsotsil en los primeros meses y que con los niños me iba a llevar bien de volada. Que equivocada estaba la Vicky que pensó eso. El primer mes extrañaba mi casa, el internet y quedarme acostada viendo películas, aparte no me hallaba con los niños y no lograba entender ni una palabra de tsotsil.


Pero el tiempo pasó y con él mi manera de ver las cosas. La mayoría de los días los comenzábamos con la Eucaristía ¡cómo no iba a tener fuerzas! Me fui integrando con los niños y ellos cada vez me aceptaban más, hicimos un pacto, yo les enseñaba una palabra en inglés y ellos a mí en tsotsil. Así fue como iba aprendiendo de su cultura que me interesaba tanto.


Amé ir conociendo más a las Misioneras Clarisas, según yo por estar desde kínder en el colegio ya las conocía perfectamente, pero no era así. Todos los días aprendía algo nuevo de su manera de vivir, aprendí a rezar con la liturgia de las horas, a apreciar las horas frente al Santísimo y todos los momentos de oración, a confiar todo a la Divina Misericordia y a tomarme de la mano de María. Me enseñaron a cocinar bastantes recetas y me explicaron cosas que no tenía ni idea de cómo hacer como lavar mi ropa a mano, no sabía que después hasta iba a apreciar los momentos de tranquilidad que tenía al lavar. Pero principalmente las hermanas hicieron que me sintiera como en casa, nunca me faltaron palabras de aliento, risas, abrazos y hasta caldito cuando me llegaba a enfermar.


Cada día todo fue mejorando, me levantaba con más ánimo para dar las clases, los niños entendían mejor los temas y ya me invitaban a jugar en el recreo. Claro que había días que me encontraba súper frustrada y pensaba en cómo le hacían mis maestras para controlar a tanto chiquillo en un salón y en verdad no lograba comprender, aprecié más a mis maestras hasta que me tocó estar del otro lado.


Pensé que me iba a cansar de tener siempre la misma rutina, me daba miedo caer en la monotonía con la misma hora de despertar, de entrada a la escuela, de comer y cenar. Pero en verdad disfrutaba esa rutina, mi momento favorito del día era acompañar a los niños al comedor y al final lavar los trastes con ellos mientras otra parte del grupo hacía limpieza en el salón. Aparte siempre pasaba algo nuevo, me tocaba dar clases de apoyo en la tarde y los niños se quedaban a jugar, planeaba clases de la semana, ponía el friso, revisaba trabajos y mi cosa favorita, tener tiempo para salir a caminar al bosque.


Los siguientes meses fui aprendiendo sobre la cultura, me tocó estar en muchos bautizos, después de cada uno íbamos a la casa del bautizado al festejo. El día de la Virgen de Guadalupe lo celebré como nunca me había tocado, toda la iglesia hasta el borde de flores, la gente cantando a nuestra Madre Santísima a todas horas, un caldo de pollo gigante para compartir entre todos al final de la misa y una feria guadalupana para convivir en comunidad. Cercana la Navidad había posadas, los 9 días sin falta rezábamos el rosario en casas diferentes y al final ofrecían pan, café y atole.


Vivir en La Florecilla hizo que abriera mis ojos a una realidad completamente diferente a la que veía en mi día a día en la ciudad o en otros lugares de misión. Servicios básicos que damos por hecho como el acceso diario al agua, no lo tienen ahí, el agua viene de una población alejada así que solo llega cada 3 días.


La labor que realizan las hermanas en La Florecilla permite que la comunidad tenga oportunidades que en otras comunidades cercanas no tienen. Las hermanas ofrecen a los niños un colegio con educación básica, catecismo, dispensario médico, bazar, pláticas para sacramentos, etc. y se preocupan principalmente por las necesidades espirituales de cada familia, ofreciendo consejos en cualquier momento del día.


Esta labor no podría continuar sin el apoyo de los bienhechores que aprecian el trabajo que las hermanas realizan y aportan para que esta misión pueda seguir creciendo.


Si tienes inquietud de realizar voluntariado en algún lugar, ¡no te quedes con las ganas! Tu ayuda es necesaria y de gran utilidad en muchísimas partes.


“Pero, sobre todo, de una mera u otra, sean luchadores por el bien común, sean servidores de los pobres, sean protagonistas de la revolución de la caridad y del servicio, capaces de resistir las patologías del individualismo consumista y superficial.” Papa Francisco. Christus Vivit 174.


Les comparto un pequeño video de algunos momentos en La Florecilla:






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