Del temor a la certeza
- Cilac2019
- 2 mar 2020
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Soy la hermana Delia Cristina Aguirre Martínez; el origen de mi vocación radica en el seno de una familia católica, compuesta por seis hijos de mi papá Sr. Agraciano Aguirre (+) con su difunta esposa y cinco hijos con mi mamá Sra. María del Carmen Martínez. Soy la primera de las hijas y nací el 10 de marzo de 1988 en Arandas Jalisco. El querer transmitir el llamado que Dios me hizo para ser su esposa y el profundo agradecimiento que experimento, me obligan a reconocer y compartir las luces y sombras con las que se construye mi historia. Crecer en una familia que me formara con principios sólidos fue la luz que prevaleció durante las sombras de mi vida.
Describo los primeros seis años de mi vida como la preparación que Dios realizó para entregarme la semilla de la vocación; durante esta etapa me recuerdo con la toalla en la cabeza a modo de velo, preguntando a mi mamá “¿Me veré bien de monjita?” Ella sólo observaba la escena, mientras yo me veía en el espejo, a la par en que me imaginaba con una escoba barriendo un jardín grande, vestida con un hábito largo.
Una persona que influyó en el despertar de esta inquietud fue una vecina que ingresaría a un convento pese a la negativa de sus padres y la recuerdo camino a la iglesia diciendo que iba a visitar a su novio y era a Jesús Sacramentado, así como ocultando lo necesario en la casa de mis hermanos para su ingreso. Este hecho fue significativo, porque percibí a mi corta edad la importancia de estar con Jesús a pesar de todo y de todos.
Aunado a lo anterior, escuchar por primera vez el canto “Sois la semilla…..” en voz de la hermana Carmen de las Misioneras hijas de la Purísima Virgen María, hizo que mi corazón ardiera con el verso “Id amigos por el mundo, anunciando el amor…..” Ahí surgió el espíritu misionero del que ahora gozo y acreciento con la vivencia de mi carisma.
Reconozco que por seis años ese deseo se opacó, debido a una de las sombras más oscuras de mi vida, misma que actualmente me permite ver cómo la gracia de Dios es mayor que cualquier inquietud, oscuridad o desaliento. Durante este lapso, tuve momentos fuertes, tales como recibir a Jesús por primera vez y el Confirmar mi fe. Al llegar a los doce años e iniciar la secundaria, mi forma de vestir y pensar cambió drásticamente; me incliné al maquillaje, consultar revistas de belleza y seguir sus recomendaciones, ser independiente, sobresalir en la escuela y tener muchas amigas.
La inquietud por tener novio no tardó, y estaba en un problema porque la consigna de mis papás era “mínimo 15 años”, y apenas tenía 13, así que tuve que esperar un año y a los 14 le confesé a mi mamá lo inevitable, mi primer novio. Mis papás lo hablaron y acordaron que era mejor concederme el permiso, con el fin de que no lo hiciera a escondidas. Así pasaron ocho meses y descubrí que me agradaba, pero no me daba plenitud; mejor terminé porque creí que no funcionaba.
Al terminar la secundaria regresó el recuerdo de ser religiosa y de lo único de lo que estaba segura en ese momento era que con las hermanas que atendían el colegio de mi comunidad no, porque sólo se dedican a la educación y el ser maestra no me agradaba. Busqué solucionarlo sin contarle a nadie, conseguí en mi parroquia el directorio de la vida consagrada de la diócesis, posteriormente, comencé a leer los nombres de las congregaciones y hubo uno que me gustó, así que marqué y cuando había sonado tres veces colgué porque me dio temor. Cuando decidí externarlo a mi mamá, me dijo que estaba loca y recuerdo estas palabras “En ese lugar se trabaja mucho, no comen bien y hay sufrimiento”, mi decisión no estaba madura, así que con esto decidí acallar los deseos de seguir a Cristo.
Aferrada a que mi vocación era el matrimonio tuve otras tres relaciones; mi intención era encontrar al hombre de mi vida, recuerdo que antes de conocer al último joven, escuché de mi papá que todo lo que le pedimos con fe a Jesús Eucaristía durante la consagración y comunión nos lo concede, así que me dediqué a pedirle a Dios que me enviara al último joven que debiera conocer. Y literalmente me envió al último, tres años más tarde lo comprendí.
Cuando tenía 17 años le detectaron a mi papá cáncer; la situación entristeció a toda la familia, y yo experimenté la necesidad de regresar a las vivencias de fe que en otro momento me fortalecieron. Mis papás iniciaron su formación en el movimiento de Renovación Carismática, los acompañé en una ocasión y decidí integrarme; esto me favoreció, ya que el estudio de la Sagrada Escritura me iluminaba para aceptar la voluntad de Dios en la enfermedad de mi papá. Aunado a lo anterior, regresé a la celebración eucarística diaria y confesión frecuente y me integré al grupo de Adoración Nocturna Mexicana. Esta fue la preparación que Jesús me hizo para dar el gran paso, pero no lo sabía. Conocí a José de Jesús, un joven con principios cristianos, pero que al ver mi constancia en las cosas de la iglesia, me anticipó que al casarnos no sería igual; esto me desconcertó pues yo quería las dos cosas, fue el primer aviso.
En este tiempo mi hermana Lupita, la segunda de los cinco, ya había ingresado al convento con las hermanas, motivo para que las hermanas de Arandas con frecuencia fueran a casa de mis papás, y yo cada vez que veía, huía, sentía que su mirada descubriría mi inquietud. De repente me dijo la hermana Cuquita promotora vocacional: “me comentó Lupita que quieres ir a una jornada vocacional”, le respondí: “yo no… lo analizaré”; ella hablaba con frecuencia a mi casa esperando una respuesta y no me encontraba, mi mamá con firmeza me dijo “le vas a marcar a la hermana y le respondes, y que no pase de hoy”. Comencé a analizar la situación, temía fuera el momento más grande de mi vida y acepté, usé de escusa que iba a conocer la casa donde viviría mi hermana y evitar que en otra jornada me molestaran. A José de Jesús le externé la primera escusa y aceptó, agregando que su mamá le decía que yo también parecía monja… por el estilo de vida que llevaba.
El primero de enero de 2008 era la partida y al hacer mi maleta le dije a mi mamá que no quería ir a la jornada porque en ocasiones Dios nos pedía cosas que nosotros no queríamos hacer… mi mamá cambió de color y me dijo, tú no vas, y le contesté dije que iba y voy. Caí en un silencio profundo acompañado de una sensación de nostalgia y en esa actitud salí de mi casa. Al llegar a Cuernavaca, reconocí el lugar como mi casa, observaba a las hermanas y sentía que Dios me hablaba a través de ellas, a la par recordaba a Chuy el joven que era mi novio y los deseos de casarme, inició mi lucha, era el momento de la entrega; estuve llorando, meditando y en una Hora Santa le dije que Sí a Jesús, y pedí por este joven desde lo profundo de mi corazón. Tengo presente haberle comentado a la H. Lupita Salinas, superiora regional del momento, los secretos más profundos del corazón y pedí me dieran lo necesario para iniciar los trámites de mi ingreso.
Regresé a mi casa y entrando le dije a mi mamá, ella se entristeció, yo corrí a mi cuarto y movida por una fuerza mayor, tomé el teléfono, le marqué a Chuy - no estaba en Jalisco -, lo saludé y se hizo un silencio, él lo rompió: “¿Te gustó?”, mi respuesta fue “sí”, y nos pusimos a llorar… Con gratitud recuerdo sus palabras, “no puedo luchar contra Jesús”… nos agradecimos y colgamos. Me tiré en la cama y lloré todo el día, mis papás no lo entendían, mamá me dijo que estaba loca, papá sólo me veía, pasaron días para asimilarlo y yo lo extrañaba; oré y veía claro el camino a pesar del dolor.
Tuve casi tres meses de preparación, mi vida cambió, ya no me maquillaba, disminuí las salidas, dejé el trabajo y me corté el cabello que tanto me cuidaba; mi mamá al ver esto me decía “Dios no quiere que estemos tristes y tú te ves demacrada”, mi papá al escucharla le decía “no la distraigas”, él estuvo feliz. El 24 de marzo me llevaron al convento de Arandas, me dieron la bendición y con lágrimas en los ojos nos despedimos, observé a mi papá con la conciencia de su enfermedad y la posibilidad de no volverlo a ver. No había vuelta atrás, el llamado y la respuesta eran una realidad presente y Dios me hizo una promesa personal “Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu” (Ez 36, 26-28); la quise y la querré hasta el día de mi muerte.
El 27 de marzo de 2008 en el Noviciado de Cuernavaca, ingresé a mi congregación, fue en jueves de octava de Pascua y ahora llevó casi 12 años y no me arrepiento, los agradezco tanto como lo que viví antes de ser religiosa, pues tengo claro que “Todo es para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28).

H. Delia Cristina Aguirre Martínez MC
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