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Desde antes de formarte, ya te conocía y te amaba

  • Foto del escritor: CILAC
    CILAC
  • 10 feb 2020
  • 4 Min. de lectura

El inicio de toda vocación nace del corazón amoroso de Dios que desciende a su creatura, le ama, le llena de su predilección y le hace partícipe de su misión salvífica.


Así sucedió con el don de la vocación que me fue dada por la infinita gracia y bondad de Dios, nuestro Sumo Bien.


“Antes de haberte formado yo en el vientre, te conocía, antes que nacieses te había consagrado yo profeta; te tenia destinado a las naciones”. He aquí en estas palabras la grandeza y belleza de la vocación religiosa, el amor de predilección que envuelve a toda persona consagrada. Con esto doy inicio al relato de mi vocación.


Cuando era pequeña ni imaginaba ser grande, pero siempre me entusiasmaba el poder servir a los demás. Crecí en familia católica practicante, me gustaba ir al catecismo y aprender de Dios, pero a pesar de ello no experimentaba a Dios como alguien cercano, sino como un Ser Omnipotente lejano al cual se le rinde reverencia. En mi adolescencia pertenecí a un grupo juvenil en el que experimenté a Dios como Aquél que me ama personalmente y me invita a estar con Él. En el grupo encontré muchas amistades en Cristo con las que compartía la oración, la formación y el apostolado. Un día, una de mis amigas me invitó a unas misiones con las hermanas; no pude asistir en ese momento, pero después le dije que al siguiente encuentro me invitara; así fue y en el encuentro vocacional me impresionó de gran manera la alegría de las hermanas, irradiaban una vivencia profunda de su vocación, me atraía mucho su testimonio, cómo compartían con nosotros con amor su relación personal con el Señor y su misión.


Todo aquello era muy bonito, pero decía en mi interior “esto no es para mí”; vanas fueron estas palabras, aquella inquietud cobró gran fuerza en mí, así que decidí iniciar un proceso en la congregación como aspirante en casa, periodo que duró dos años, en el cual iba a jornadas de seguimiento, misiones, campamentos y demás actividades con las hermanas. Me sentía muy dichosa, en mi interior crecía una sed de Dios y de consagración, aprovechaba todos los momentos para visitarle y adorarle en la Eucaristía. La experiencia de misión me llenaba muchísimo, el poder ser conductora del amor de Dios a los demás, me hacía salir de mi misma y sacar lo mejor de mí.


Estaba cursando el último semestre de la preparatoria, se acercaba el momento de la decisión, debía hacer algo con mi vida; la idea de la vocación religiosa en mí entró en duda, no sentía ninguna seguridad, me preguntaba si todo aquello era una verdadera llamada de Dios o sólo un sentimiento. Me tomo las decisiones muy en serio y ésta era trascendental, pero en el interior tenía aquella inquietud, así que no hice trámites para nada. Siempre desde pequeña me había esforzado por ser una excelente estudiante e ir a la universidad. Durante estos meses intensifiqué mi oración, me alejé un poco del acompañamiento de las hermanas, quería vivir mi proceso sola en tranquilidad; recuerdo que la hermana que me acompañaba me insistía mucho en que ya era tiempo de ingresar, pero yo me hice un poco indiferente, necesitaba mi tiempo; mi familia también esperaba que ya tomara una decisión. Un día de retiro del grupo, me fui a adoración frente a Jesús Eucaristía, le pedía insistentemente que me hiciera saber su voluntad. Cogí mi Biblia y leí varias veces el pasaje de la vocación de Jeremías, texto bíblico que en mí tiene gran resonancia. No sé cuántas horas pasaron, pero al final de este momento el Señor me hizo experimentar en mi interior gran paz y amor, y me hizo sentir su respuesta en mi interior con estas palabras, “no dudes que te estoy llamando, no esperes más”, a través del canto de una amiga que también se encontraba ahí. Así que tomé la decisión firme de hacer la petición para iniciar mi postulantado.




Cuando me dieron la respuesta, fui con mi madre, le enseñé sin decir una palabra la carta de aceptación, recuerdo que me miro con sus ojitos rojos a punto del llanto, se salió para que no la viera llorar, después me dijo que yo le tenía que decir a mi padre; a pesar del gran sacrificio de mi madre, siempre me apoyó en todo. Con mi padre fue diferente, tuve una conversación con él unos días antes, en la que intentó disuadirme, se enojó y se puso muy triste, me dijo que siempre hacía lo que quería sin tomar en cuenta a mi familia; yo le respondí: “te quiero mucho, pero tengo a alguien más grande a quien obedecer, perdón”; aunque estas palabras me dolieron, estaba firme en mi decisión. Un día antes de mi ingreso mi padre me dijo, no te preocupes, tu madre y yo estaremos presentes; dicho y hecho, así fue, ahí estaban mis amigos y padres en mi ingreso.


En aquel momento experimenté una gran alegría en mi interior y un amor fuerte me inundó, estaba en la presencia de Dios y de María. Al final de mi ingreso, conviví unos momentos con mis papás y amigos, luego me despedí de ellos y la imagen que recuerdo es la de mi padre profundamente conmovido, se hincó en frente de mí y me pidió la bendición, yo le pedí que él me la diera a mí, era yo quien debía estar en su lugar, agradecí a Dios el don de mi familia y los entregué al Señor.


Agradezco infinitamente el don de la vocación y el recordar el momento de mi primer amor, aquél de gran inspiración para mí y que me motiva a seguir en tiempos en el que el amor pide ser vivido y compartido, no necesariamente sentido, el “Sí” de ese día lo renuevo cada día y pido la gracia de la fidelidad y perseverancia, ese don que debe madurar y cimentarse en la cruz, así que me encomiendo a sus oraciones. Sigan pidiendo con insistencia que Dios se digne multiplicar el número de santas vocaciones.


Hna. Dolores Carolina Hernández Morales, MC

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