Dios escribe conmigo
- H. Liz Mendoza MC
- 6 feb 2020
- 11 Min. de lectura
Actualizado: 11 sept 2022
Dios es el Dios de los detalles, ha llenado mi vida de ellos en sus encuentros conmigo, en mi llamado vocacional. Viendo mi historia no puedo más que maravillarme y darle gracias a Dios por tantos dones y detalles de su amor. ¿Qué momento hay en que no me haya salido al encuentro? Hay quien dice que Dios me consintió desde mi fecha de nacimiento, 8 de diciembre, día de la Inmaculada, patrona de Tampico, mi lugar de nacimiento (aunque toda mi vida viví en Puebla y mi familia es poblana), y por lo tanto motivo de gozo para los que rodearon este momento, primera hija de cinco, primera nieta.

Desde niña recuerdo haber tenido conciencia y sensibilidad para las cosas de Dios; no recuerdo mucho, pero sí la sensación de un misterio grande que me rodeaba. Según creo tenía 3 ó 4 años cuando inicié a leer; me gustaban los libros de arte y en uno de ellos me topé con los frescos de Giotto en la Basílica de San Francisco de Asís. Leí en una nota de una imagen “alegoría de la Dama Pobreza” o “San Francisco se desposa con la Dama Pobreza.” Recuerdo la curiosidad y fascinación que ejercían en mí: “¿qué será una alegoría? ¿Cómo que San Francisco se desposa con la pobreza?” La curiosidad que había en mí era grande, siempre me he hecho muchas preguntas. Recuerdo conversaciones con mi hermana cuando éramos niñas sobre qué sería la eternidad y cómo la pasaríamos en el cielo. El ambiente religioso de mi familia me ayudó a desarrollar esa sensibilidad que Dios puso en mí. Siempre fui con gusto al catecismo y devoraba las vidas de santos que mi papá me compraba.
Un momento fuerte y decisivo que fue marcando mi camino fue la etapa de tercero de secundaria y preparatoria, pues el encuentro con las misiones, montañismo y los Siervos de Jesús, fueron esenciales. Uno de los años más decisivos fue el de 1997. Recuerdo todavía con alegría y nostalgia mi primera misión con el Colegio, fue el inicio de un siempre para mi llamado misionero, del deseo de que todos conocieran el amor de Dios y se construyera su reino de justicia y paz. Ese mismo año empecé a entrenar en el equipo de montañismo, donde también me encontré fuertemente con Dios, pues siempre teníamos la misa en la cumbre y siempre vi la montaña como una metáfora de mi vida. Con estos dos grupos inicié mi vida en la Pastoral Universitaria, las horas santas, las misas, los encuentros de formación; se volvió mi segundo hogar.
Dios me regaló también una fuerte experiencia de Él en la JMJ en París en el verano de ese mismo año, justo después de mi primera gran crisis de fe. Cuando visitamos la Iglesia del Sagrado Corazón de Mont Martre, tuve un fuerte encuentro con Jesús Eucaristía. Estaba expuesto el Santísimo, no recuerdo mucho el lugar, pero experimenté tan fuertemente la presencia de Jesús que le dije “si pudiera, quisiera quedarme toda mi vida frente a ti, adorándote.” Creo que ese momento fue un preámbulo de mi futura vocación; nunca hasta hoy me había percatado que fue en la Iglesia del Sagrado Corazón, que se ha vuelto para mí una devoción sustancial y fundante, pues el ideal de todo cristiano es tener los mismos sentimientos de Cristo. El remate de toda la experiencia para mí fue una de las catequesis de Juan Pablo II para la JMJ, donde se narraba el llamado de Juan y Andrés, que se descubrieron de buscadores en encontrados ante la pregunta de Jesús “¿qué buscan? Maestro, ¿dónde vives? ¡Vengan y vean!” (Jn 1, 39). Con el tiempo, el Señor ha confirmado esta cita como una de las preferidas para ahondar mi vocación. Podría decir que 1997 fue el año en que Dios me encontró para disponerme para mi vocación sin que yo me diera cuenta de lo que Él estaba preparando en mí.

Se llegó después el año decisivo para mí, el año 2000. Ese año entré a la universidad con toda la ilusión: Ciencias Humanas en la Ibero, la reunión de todo lo que me apasionaba: Historia, Arte, Literatura y Filosofía. También ese año, la cercanía con las cosas de Dios hizo que surgiera en mi corazón un gran deseo de crecer en mi vida espiritual, eligiendo al P. Juan Ignacio Sepúlveda, a quien conocía desde niña y llegaba a Puebla recién ordenado. Con gran confianza, transparencia y espíritu de fe le abrí mi alma y le conté cosas que nunca antes había tratado con alguien mayor, como algunos problemas de mi familia. Aunque recién ordenado él supo guiarme al Evangelio y al camino del discernimiento.
Un domingo de ese año fui con mis papás al nuevo convento de las religiosas Virgo Fidelis en Chipilo. Se llegó el momento en que el Señor inquietó mi corazón. La visita para mí no tuvo nada de extraordinario: misa, ir con la Madre Coco a hacer el postre, escuchar la sólita pregunta de que si no quería ser religiosa y mi sólita respuesta: “hasta ahora no, pero si Dios me llama estoy dispuesta.” La verdad es que, aunque las hermanas eran buenas personas no me llamaba la atención la vida religiosa femenina, se me hacía aburrida, el típico prejuicio de ellas haciendo galletas y cocinando. Al regresar a casa mi papá comentó su conversación con la Madre María, acerca de que muchos jóvenes estaban en grupos porque no tenían nada que hacer o porque querían hacer algo bueno, pero no le preguntaban a Dios qué quería de ellos a través de su experiencia en esos grupos. Esa pregunta me caló. Para mí lo primero era el grupo de misiones, había renunciado a festejos y reuniones familiares por ellas y mis papás lo respetaban; sin embargo, yo nunca le había preguntado a Dios qué quería de mí, solamente le servía a través de este grupo en mis hermanos pobres sin ver más allá. Ciertamente yo me visualizaba como una intelectual católica, alguien al servicio del diálogo entre fe y cultura, me apasionaba la literatura, el arte sacro, todos mis trabajos que eran de tema libre de alguna manera estaban vinculados con mi fe; mis maestras captaron de inmediato que me apasionaba mucho lo que escribía y que ponía todo mi corazón en ello; sin embargo, nunca le había preguntado directamente a Dios qué quería de mí, estaba haciendo mis proyectos junto a Él, buscándole, pero sin preguntarle directamente.
Esa pregunta ya no me dejó en paz. Recuerdo que se llegó el retiro de misiones de ese año y le dije al P. Juan que estaba en crisis, me pregunto “¿existencial?”. “Vocacional”, dije yo; "pues entonces es existencial", me dijo. Ese día nos acompañó el coordinador de otro grupo misionero, Emilio Macedo, que tenía una profunda devoción a Santa Teresita, cuya espiritualidad fue el tema de nuestro retiro. Cada frase penetraba en mi corazón y me gritaba que Dios quería algo de mí y debía empeñarme en descubrir su voluntad. Emilio me regaló más tarde el libro de “Historia de un Alma” diciéndome que ella me ayudaría a descubrir mi vocación. Su lectura me ayudó muchísimo a ir dando forma a lo que sentía mi corazón. Inclusive ese año los restos de Santa Teresita visitaron Puebla y Ciudad de México así que estuve en varios eventos dedicados a ella, donde tuve oportunidad de profundizar en la espiritualidad de esta santa y encomendarle mi vocación.
Otro encuentro me ayudó mucho a aclarar mi camino. Tenía poco saliendo con un chico llamado Carlos. Cuando empezamos a salir yo todavía no pensaba en la vocación. Después inició mi inquietud vocacional, a la par que seguía platicando de vez en cuando con él. Un día me invitó a salir y era un día que yo me sentía muy mal de gripa, así que le dije que no me sentía bien. A los diez minutos me habló Emilio invitándome a una reunión esa tarde para intercambiar materiales misioneros. No tardé ni un minuto en decirle que dónde y a qué hora nos veíamos, así que con todo y el malestar fui gustosa a esa reunión. Esto ya me hizo ver qué era lo que hacía latir más mi corazón y por lo que estaba más dispuesta a sacrificarme. Así otras veces Carlos me invitaba a salir y yo no podía porque había alguna actividad de misiones, etc. En otra ocasión yo le estaba platicando sobre las misiones en Chihuahua y el coraje que me daban las injusticias y nivel educativo tan deficiente en las comunidades rurales, a lo que Carlos me dijo: “pues si tanto coraje te da, ¿no estarías dispuesta a entregar tu vida a esa causa?” Bueno, eso me mató, hasta el chico con el que salía me decía este tipo de frase. Eso fue lo que casi definió en mí el paso decisivo. Después, me imagino que Carlos se cansó de tantas negativas y dejó de buscarme, lo cual me facilitó mucho el camino para mi proceso final de decisión.
Vi con claridad que Dios me llamaba para sí, ya no sentía nada de ilusión en las bodas, ya no me visualizaba de novia, ni de esposa, amarrada a un hombre. Mi corazón sentía deseos de algo más. No me podía concentrar en nada, solamente aparecía en mi mente y corazón el ser religiosa. El P. Juan me mandó a unos ejercicios espirituales ignacianos de fin de semana que me ayudaron mucho a terminar de decidirme. Así que después le dije al padre que sentía que definitivamente mi vocación era la vida religiosa, pero no tenía ni idea de dónde. Él me preguntó si quería una congregación de tinte más intelectual, dados mis intereses y capacidades, porque quería ser escritora o especialista en arte, pero le dije que no, que quería una congregación misionera. Así que empezó a buscar él por su cuenta y yo por la mía.
El verano de 2001, después de mis segundas misiones a Chihuahua, donde por primera vez compartí con algunos amigos mi decisión de hacerme religiosa, mi familia decidió hacer un viaje a Estados Unidos, a Florida. Para mí fue una providencia, pues eso me daría la oportunidad de conocer a Ben Rosen, un profesor de historia judía que me había asesorado en línea un trabajo para una materia de Investigación Histórica. Él decía que le gustaba mucho mi trabajo y que le gustaría conocerme, así que en ese viaje tuve la oportunidad de conocerlo. Nos invitó a comer a su casa, conocimos a su esposa, hijos y nietos. En la comida estuvimos platicando, pero yo nunca le dije que me quería ir de religiosa, pues sabía que él era judío no creyente, así que pensé que sería difícil explicarle mi vocación. En la plática él me insistía en las posibilidades que tendría para el futuro, que pensara en hacer alguna maestría en leyes, trabajar en Derechos Humanos, que tenía mucho talento, etc. La verdad es que me dio en mi punto débil, pues justo uno de mis más grandes temores era dejar mis estudios, realmente me apasionaban y pensé si Dios no me querría más bien para ser una buena intelectual católica y servirle desde este campo. Los temores que pensaba que ya había superado volvieron tras esta conversación. En los días siguientes yo sentía un gran tedio cuando íbamos a las tiendas, sentía como un gran vacío existencial, así que le pedí a mis papás que al día siguiente me dejaran en la iglesia donde habíamos ido a misa el domingo. Debo agradecer que ellos me secundaban en este tipo de decisiones, así que me dejaron y ellos siguieron sus planes. Llegué poco antes de iniciar una misa de sanación; celebró un sacerdote filipino que estaba allí tan solo por ese día. La homilía habló de la vocación y los temores, no me lo podía creer. Era como si cada palabra fuera para mí, así que una vez más me rendí al Señor y le reafirmé mi sí.
Mientras tanto, el P. Juan Ignacio me había conseguido la información de las Misioneras Clarisas, pues uno de sus hermanos de congregación, el P. Miguel Ángel Gil, las conocía. Me enviaron unas revistas y folletos, llegando a mi casa los vi y mi corazón dio un vuelco, lo que veía escrito, cada frase, era lo que yo sentía puesto en palabras de Madre María Inés, que era la primera vez que veía. Llamé al Noviciado en Cuernavaca, me atendió la H. Ana Rosa Macías y me invitó a ir un domingo a conocerlas. Fui con mis papás y les dije, “quiero ir a conocer una Congregación, ¿me acompañan o me voy?” Ellos quisieron acompañarme, así que, en septiembre de 2001 fui a conocer el Noviciado. Me recibió la ahora Madre Martha Gabriela Hernández, que era la maestra de novicias. Su alegría y calidez me conmovieron mucho. Después en el recorrido escuché a las hermanas rezar, cantar y reír mientras lavaban platos, no vi a muchas, pero escuchar y percibir la alegría que se respiraba me hizo pensar y sentir que sí podría vivir allí toda mi vida. Me invitaron a una Jornada Vocacional en diciembre y la verdad es que al asistir ya estaba un 90% segura de que ése era mi lugar.
Terminando la jornada me sentía completamente segura de que quería ser misionera clarisa. Me llevé los cuestionarios de admisión, los cuales envié en febrero. Dudaba un poco si dejar mis estudios, la verdad quería que mi director espiritual me dijera qué era lo mejor. Pero él me dijo que eso era solamente entre Dios y yo, y que me viera como una flor que Dios tenía que cortar cuando fuera su momento y yo me tenía que dejar cortar. Finalmente decidí que esperar dos años era demasiado tiempo, así que mandé mis cuestionarios poniendo como posible fecha de ingreso agosto, para terminar el cuarto semestre que ya estaba cursando. Me admitieron el 21 de marzo. Yo estaba muy emocionada, la H. Ana Rosa me dijo que me preparara en esos meses para la prueba, pues se me iban a presentar obstáculos y tentaciones.

Y así fue, vinieron nuevas dudas sobre dejar mis estudios, un amigo empezó a lanzarme comentarios e insinuaciones de que le gustaba, después hasta me dijo que no me fuera al convento porque se quería casar conmigo, en fin, nunca había tenido novio ni muchos pretendientes y ahora me salían tres y Carlos se volvió a aparecer en la universidad. Yo no lo podía creer. Nunca llegaba tarde a clase, y un día llegué tan tarde que preferí irme a la biblioteca a estudiar para un examen, y allí estaba Carlos, parado frente a mí; él ya había salido de la universidad, solamente fue ese día para algo de papeleo, luego me dijo que me llamaría para ver cuándo volvíamos a salir. Yo le dije que sí, pero dentro pedía que por favor no me llamara (y gracias a Dios, no lo hizo) porque no quería dar explicaciones de lo que estaba viviendo, era algo muy mío y sólo lo quería compartir con unas cuantas personas importantes para mí. Otro compañero me dijo que cómo me iba a meter a un convento si no había vivido, hasta me dijo que cortaba a su novia para enseñarme a vivir, en fin, de quien menos me lo esperaba este tipo de propuestas. En la universidad no le dije a nadie, hasta el último día de clases. Recuerdo todavía la cara de la becaria cuando leyó en el formato de baja el motivo: ingreso a un convento, casi se le salían los ojos. Así fui preparando mi ingreso, despidiéndome de gente, asistiendo con mis amigas a la JMJ de Toronto y el 22 de agosto ingresé por la tarde en el Noviciado de Cuernavaca.

Han pasado volando casi 18 años, años en los que he vivido alegrías, tristezas, esperanzas, luchas, luces y sombras, pero ha prevalecido la alegría y el deseo de seguirme entregando en favor de mis hermanos. Le sigo pidiendo a Dios que me guíe en este caminar, no me arrepiento de haber dicho que sí. Han sido diecisiete años y medio en los que Dios ha hecho su obra en mí, no se ha dejado ganar en generosidad y misericordia, he conocido muchísimas personas, me he conocido a mí misma, le he conocido a Él más profundamente. Si volviera a vivir creo que haría lo mismo en el mismo momento. Yo quería ser escritora y sigo amando la literatura y el arte, así que me gusta ver mi historia como una obra escrita entre Dios y yo, o una gran obra de arte donde Él realiza algo mucho más maravilloso de lo que yo hubiera esperado. Vivir el carisma de Madre María Inés ha sido encontrar la manera en que Dios desea que viva el Evangelio, dedicando mi vida a que su reinado de amor se extienda en el mundo, porque urge que Cristo reine.

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