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Dos vocaciones, una familia: gemelas González Colín

  • Foto del escritor: CILAC
    CILAC
  • 4 feb 2020
  • 5 Min. de lectura

MI VOCACIÓN COMO MISIONERA CLARISA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Miryam González Colín


Mi nombre es Miryam González Colín, soy originaria de Toluca, Edo de México, tengo 40 años de edad, soy la menor de 5 hijos, tengo una hermana gemela y mis padres se llaman Ismael y María de los Remedios.


Mi infancia ocurrió de manera muy cotidiana, era una niña retraída, tímida, de una familia católica practicante, a los 7 años hice mi Primera Comunión y a los 12 mi Confirmación. Pertenecíamos al movimiento de la Renovación Carismática, por lo tanto asistíamos a las asambleas de oración y a la formación que nos daban, ahí conocía más de Dios. A los 15 años me invitaron a ser catequista en mi parroquia y poco a poco fui conociendo más a Jesús: en los retiros, en la formación como Catequista; también participaba en pláticas pre-sacramentales.


Hasta entonces no entendía cuál era mi vocación, a qué me llamaba el Señor, me gustaba mucho estar en su servicio, pero no tenía ni idea de qué sería de mi vida; mientras tanto estudiaba, me gustaba mucho la música, ir a los conciertos, a las fiestas, me gustaba mucho bailar (hasta la fecha).


A los 18 años de edad comencé a pensar ¿qué sería de mí si fuera religiosa?, ¿cómo sería mi vida? sentía algo dentro de mí que me decía “Tú puedes dar más “. En ese momento estaba estudiando mi carrera en la Normal Superior, estaba en el 4° semestre de 8. Cada vez se hacía más fuerte este pensamiento; fue cuando pedí consejo a un sacerdote y él me dijo que terminara mi carrera y si al final todavía sentía la inquietud entonces respondiera.


Así que le hice caso a mi amigo sacerdote, seguí mi vida normal, como cualquier persona, en mi servicio en la Iglesia, con mis amigos, en lo referente a la escuela.


Llegó el momento de terminar la carrera y… comencé a trabajar, tuve plaza en una escuela Secundaria del Estado; nuevamente llegó a mí el pensamiento de la vida consagrada, no lo podía creer, era muy fuerte, entonces hablé al convento de las hermanas Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento en Cuernavaca para solicitar ingresar, me dijeron todo lo que tenía que hacer; ya estaba aceptada, pero Dios tenía otros caminos… aun no me titulaba y decidí esperar hasta titularme, para esto pasaron 3 años más.


Mientras tanto, yo estaba muy feliz trabajado, dando clases, ¡me encantaba! Continué con mi vida cotidiana: servicio en la Iglesia, misiones de Semana Santa, fiestas, conciertos, clases…


De repente, se anuncia en la Normal un Plan Emergente de Titulación; me dije: ahora es cuando; comencé mi trabajo y en mayo de 2003 ya estaba titulada; para este momento ya lo tenía muy claro, me titulaba y me iba al Convento; comencé mis trámites, mandé mi solicitud de ingreso y obtuve respuesta positiva, de hecho ¡ya me esperaban! Pero para todo esto mis padres no sabían, a la que le había comentado era a mi mamá unos años atrás y desde entonces no se lo había vuelto a decir, sólo mi hermana mayor sabía de mis deseos y ella siempre me decía una frase: “Dios tiene sus momentos, espera y confía”.


Así que terminado el Ciclo Escolar 2002 – 2003 renuncié a mi plaza de maestra e ingresé a la Comunidad el 25 de agosto de 2003.


Han sido 16 años de vida religiosa, años muy felices a lado de mi Señor Jesús, que siempre me ha mostrado su misericordia y su gran amor hacia mí; años de mucho aprendizaje y plenitud; amo a mi Señor y quisiera que todos le conocieran y amaran, ¡es tan hermoso contar con Alguien que nos ama tal cual somos y que nos acepta y quiere lo mejor para cada uno! ¡Gracias Jesús por tanto amor!


Recuerdo que en una ocasión un alumno me preguntó: “¿Por qué te hiciste monja?” Sólo le contesté: porque me enamoré de Jesús, él se rió y me dijo: “¿Ya, en serio?”, no tuve otra respuesta, le contesté lo mismo, me enamoré de Jesús y así ha sido desde entonces.

Dios me ha dado la gracia de permanecer junto a él y seguir caminando a su lado a pesar de grandes dificultades.


Les compartimos nuestra vocación un par de gemelas que hemos vivido muy unidas desde el vientre de nuestra madre, pero aun así cada una llamada a vivir la santidad en donde Dios nos quiere.






TESTIMONIO DE MI VOCACIÓN AL MATRIMONIO

Mireya González Colín


Mi vocación al matrimonio surgió cuando yo tenía aproximadamente 19 años, cuando vi a una de mis hermanas religiosas realizar su profesión de votos para la congregación, fue en ese momento en que yo no me visualicé como religiosa, sino que en mí nació el deseo de formar una familia.


Sin embargo, para formar una familia, pasaron casi 20 años en los que yo buscaba a la persona adecuada, la cual llegó hasta que yo me dejé encontrar. El hombre que me conquistara tenía que ser muy honesto, sencillo de corazón y muy alegre. Dejé que ese hombre me encontrara y fue en un movimiento católico para personas solteras mayores de 30 años. Fue un abrazo de corazón a corazón, siempre me pregunté cómo sería ese encuentro y fue maravilloso, de tal forma que algo en mi interior me decía que era él, la persona con la que compartiría mi vida; fue en la conclusión de un servicio en el cual ambos desnudamos nuestra alma y descubrí su sonrisa que me cautivó, me miró y me dejé mirar; por primera vez me enamoré de la persona, del ser humano. En aquel abrazo, Adrián, mi esposo, cruzó mi propia barrera de miedos, se metió hasta el fondo de mi corazón sin pedir permiso, sin avisar, cuando me di cuenta ya estaba tan adentro que no hubo forma de seguir evadiendo el amor.


Yo vivía un momento de certeza de que ya era hora de formar mi familia y de vivir mi vida sin vivir la de los demás. Por alguna razón mi corazón sabía que, con Adrián, iba a escribir una nueva y definitiva historia. Fuimos novios durante dos años y cinco meses y, el 3 de marzo de 2018 nos dimos el “si” ante la presencia de Dios. Ahora Dios me ha bendecido con un hermoso hijo, Isaac. Ser esposa y madre ha dado plenitud a mi existencia. Ser esposa es un gran reto, no puedo dejar de esforzarme cada día para dar lo mejor de mí y ser madre, es lo más bello de mi vida, despertar y ver la hermosa sonrisa de mi bebé no lo cambio por nada, ha sido lo más hermoso que he vivido en mi historia.


Me doy cuenta de que mi vida es plena, soy feliz, aun con las dificultades diarias, pues siempre hay una nueva lección que aprender y un nuevo reto que enfrentar, que con la presencia de Dios y de la Virgen María puedo llevarlos a cabo. Y de que Dios tiene su momento, que mi historia va acompañada de la mano de Dios.






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