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Fe y adolescencia

  • Cilac2019
  • 27 ene 2020
  • 3 Min. de lectura

La Espiritualidad es una dimensión de la persona, tan importante como la biológica, la social, emocional y psicológica.


Es responsabilidad de nosotros los padres, educar y guiar a nuestros hijos para que logren un desarrollo integral de su persona; sin embargo, la espiritualidad es la dimensión que muchas veces dejamos en último lugar o para después “cuando mi hijo crezca decida qué hacer” a este respecto.


En otras ocasiones, cuando nuestros hijos están pequeños, nos esmeramos para que se desarrollen en esta área, vamos a misa, el catecismo, Primera Comunión, Confirmación, etc., pero llegando la adolescencia nos cansamos de sus cuestionamientos, de que no quieran ir a misa y dejamos la espiritualidad de lado; sin embargo, en cualquier etapa de nuestra vida es importante estar firmes en nuestra Fe, conocerla y vivirla.


Casi siempre que comento que era una adolescente y joven atea, las personas se sorprenden, he experimentado las dos caras de la moneda, sobrevivir sin fe y vivir con fe. La consecuencias de sobrevivir sin fe, no se las deseo a nadie, probablemente las personas que como yo alguna vez estuvimos lejos de Dios las hemos sufrido, a pesar de todo “no era mala persona, no tomaba, no mataba, no le hacía daño a nadie” eso es seguro, pero el daño me lo hacía a mí misma. Estaba dejando desequilibrado mi ser, estaba vacío y frágil.


Aunque mis padres desde pequeña me inculcaron amar a Dios, hacer oración, etc. no estaban formados, no tenían el conocimiento que mi “omnipotente adolescencia” necesitaba, así que fue fácil convencerme de que yo sola tenía la inteligencia y la fuerza necesarias para ser feliz, buena persona y exitosa. Pero había un pequeño problema, nunca vislumbré que la vida tiene momentos difíciles, en verdad muy difíciles y que a veces parece que no tienen salida. Y te puedo asegurar que ni la educación, ni los reconocimientos y los títulos vendrán a salvarte.


Mi mamá falleció de cáncer, pero en sus últimos meses de vida, creo pensando en lo que se aproximaba, otra vez insistió en que fuera a misa, cosa que acepté más por darle gusto a ella que por agradarle a Dios, sin pensar que más adelante eso sería mi tabla de salvación.


Después de que mi madre murió, como es de esperar, mis días eran un infierno y mis noches una pesadilla, podía sentir físicamente el hueco que tenía en mi corazón. Hasta que un día me rendí y no pude más, dejé a un lado mi soberbia y elevé una oración a Dios, le pedí que me ayudara a sanar mi dolor y Él de inmediato respondió. Empecé a tener consuelo, esperanza y el deseo de conocerlo más.


Hace tiempo mi hija la menor tuvo una pesadilla: era el día del juicio final y su papá, su hermana y yo subíamos al cielo, ella se quedaba en la tierra, no podía subir, por más que lo intentaba, por más que nos llamaba y se estiraba, no nos podía alcanzar y sintió un gran sufrimiento. Este sueño me ha dejado pensando y trabajando desde entonces, pues nuestra misión como padres es hacer que nuestros hijos puedan regresar a Dios.


Es muy necesario formarnos y vivir nuestra fe en familia, preparar a nuestros hijos para los momentos difíciles que inevitablemente llegarán y estoy convencida de que esta vivencia tiene entre muchos, los siguientes beneficios:


  • Conoces la dignidad que te da ser hijo de Dios.

  • Sabes que Dios te ama incondicionalmente y nunca estarás solo.

  • Le da a tu vida un sentido, eres irremplazable.

  • Reconoces que Dios te ha dado dones únicos para trabajar en bien de los demás.

  • Brinda paz y esperanza a tu ser.

  • Conoces la diferencia entre el bien y el mal.

  • Nos hace esforzarnos por ser amorosos, generosos, humildes y agradecidos, virtudes que alegrarán nuestra vida.

  • Te compromete con Dios y con tu prójimo.

Por lo tanto, te invito a que no desfallezcas si estás trabajando en tu espiritualidad y la de tu familia, no te des por vencido. Es difícil pero vale todo continuar. Prepárate, conoce más, para que su adolescencia no te haga tirar la toalla, pero sobre todo da testimonio.


Dios permita que llegado el momento, todos nosotros y nuestras familias podamos verlo cara a cara.


Compartiendo la alegría de ser padres, te mando un abrazo.




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