Es curioso como da vueltas la vida, un día te quedas dormido en educación de la fe con la hermana Paty porque crees que conoces mucho de la religión, y otro día estas dentro del Seminario desvelándote, estudiando sobre la fe porque te falta conocer mucho más.
Creo que Dios actúa en nuestra vida constantemente, y muchas veces sin que sepamos, pero dejándonos un rastro de migajas (como en el cuento de Pulgarcito) para que, si queremos, vayamos a Él. Nuestro trabajo es recorrer nuestra historia personal e identificar estas migajas para poder saber el camino que debemos seguir, el camino donde seremos felices y plenos. Volviendo la mirada atrás, puedo identificar ese rastro que ha dejado Dios en mi vida, en diferentes eventos, encuentros con personas, buenas experiencias y también en mis tropiezos. Todas mis experiencias me han servido para poder encontrar la voluntad del Señor. Pero, muy seguido, lo difícil no es identificar el camino, sino empezar a recorrerlo.
En mi historia de vida, la figura sacerdotal siempre a estado muy presente y me ha llamado la atención desde que tengo memoria. Recuerdo haber pedido ser monaguillo para poder ver de más cerca lo que sucedía en el Altar, o como el Padre que estaba en mi parroquia siempre sonreía y veía por el bien de su comunidad. Recuerdo que mis primeras misiones fueron en el Colegio Isabel la Católica; la hermana Paty me invito a participar y fue una experiencia que me dejo marcado. Pude encontrar a Jesús en las personas necesitadas y mi deseo desde entonces ha sido servirlo a Él a través de los alejados por la sociedad.
Estás son pistas que Dios dejó en mi vida para conducirme por un camino y la primera vez que lo noté fue a los 18 años. Desde pequeño yo quería ser sacerdote, pero cuando llegó mi adolescencia y las burlas de los demás, decidí dejar la idea porque luego no podría encajar con mis amigos. Yo quería ser uno más de ellos.
Llego a mis 18 años escondiendo el deseo de ser sacerdote en lo más profundo de mi corazón para que ni yo lo supiera. Pero hubo un momento en el que reconozco ese deseo de mi interior por seguir a Dios por medio del sacerdocio y le cuento a mis papás lo que pasaba en mi interior. Ellos me recomendaron ir al Centro Vocacional y tener una entrevista con un Padre para que me pudiera guiar en mi proceso de respuesta. Llego con este sacerdote y le cuento mi historia y deseo, él me dice que ciertamente lo que sentía era un llamado y que era necesario que siguiera en el proceso para que pudiera seguir orando y discernimiento para encontrar la voluntad de Dios.
Recuerdo haber salido de su oficina con mucho miedo. Tenía novia, amigos, estaba en un grupo llamado Escuadrón y apenas iba a comenzar a ser uno de los líderes, iba a entrar a la facultad, tenía muchos proyectos y planes que cumplir; pensaba que no podía dejarlo todo por Dios, que Él no querría que lo dejará todo (no sabía cuan equivocado estaba). Así que deje que el miedo me controlara y me dije a mi mismo, para tranquilizarme, que si Dios realmente quería esto para mí me esperaría. A esta etapa de mi llamado la reconozco como una cobardía de mi parte.
Pasan los años, tengo otra novia, salgo del grupo de escuadrón y sigo estudiando en la universidad. Entonces tenía carro, salía de fiesta con mis amigos, tenía un trabajo donde me iba bien y tenía proyección para poder crecer dentro de la empresa. Prácticamente tenía todo lo que siempre había querido, y aún así sentía que me faltaba algo. Había algo dentro de mi interior que me gritaba y me decía que el camino que recorría no era para mí, que no me sentía pleno en donde estaba.
Un día estaba en la clase de la mañana para después irme al trabajo, y recuerdo que comencé a imaginarme como sacerdote, me preguntaba que hubiera pasado si no hubiera tenido miedo y hubiera seguido mi proceso vocacional. Me imagine entrando al Seminario, y recuerdo que de repente empezó a brotar de mi corazón todo lo que había tapado desde hace muchos años, mis verdaderos deseos. Comencé a sentir una alegría y paz dentro de mí que sentía que me desbordaba. Termina la clase y, aunque tenía que ir corriendo al trabajo, fui al Santísimo a hablar con Él, sentía que ya no podía ocultar más todo lo que sentía, me era imposible hacerlo. Llego frente a Él, me arrodillo y recuerdo que le dije: “Señor, ya no quiero que el miedo me detenga, dime lo que quieras y lo haré. Habla Señor que tu siervo escucha”. Supe que era lo que quería de mí, quería que dejará de mentirme y fuera a donde sabía yo que sería feliz. En ese momento le marco a mi papá y le cuento todo lo que sentía, me escuchó y me dijo que tenía que ir a retomar mi proceso vocacional. Tuve entrevistas con algunos sacerdotes donde me ayudaron a buscar la voluntad de Dios y para junio del 2019 me dicen que si yo quiero podría entrar al Seminario de Monterrey en agosto. El hacerlo implicaba dejar mi casa, familia, trabajo, proyectos para seguir a Jesús y, aunque definitivamente sentí mucho miedo, decidí dejarlo todo para seguirlo, no quería volver a ser un cobarde, no quería que el miedo me volviera a detener.
Han pasado 3 años desde entonces y doy gracias a Dios que me dio la valentía para poder seguirlo. No ha sido un camino fácil, cada día trae sus propios retos, pero te puedo asegurar que nunca me he arrepentido de la decisión que tomé. Esto apenas es el comienzo, me faltan alrededor de 7 años en mi formación y cada día busco la voluntad de Dios en mi vida, si es que quiere que siga por aquí o no.
Hay un par de cosas con las que me gustaría que te quedarás de este texto. Primero: Lo único que Dios quiere de nosotros es que seamos felices, y solo lo seremos si lo seguimos a Él. Segundo: el mundo está lleno de cobardes, de personas que deciden seguirse a sí mismos, y con una mirada a todo lo que esta pasando en la actualidad te puedes dar cuenta que es el resultado de la avaricia, del egoísmo, de vivir dejando que el miedo nos controle. Seguir a Cristo implica valentía, necesitamos ir más allá del miedo, no dejar que nos controle. La alegría y plenitud solo la encontrarás siguiendo a Jesús. Lucha contra corriente, no seas uno más. Sé valiente.
Sem. Andrés P. Hurtado
Comments