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Mensaje Graduación Primaria 2023

Foto del escritor: H. Liz Mendoza MCH. Liz Mendoza MC

Buenas noches queridos alumnos y padres de familia. Hoy terminan una etapa más en su camino, la primaria para empezar una etapa difícil pero también maravillosa, la secundaria. Vamos a contar una historia para ver cómo podemos prepararnos para la secundaria. Esta es la leyenda africana del baobab.


Hace mucho, mucho tiempo, nació a la orilla de un lago el primer baobab de la historia. Desde que echó su primer tallo quedó claro que iba a ser un árbol fuerte y hermoso.


Año tras año se iba haciendo cada vez más alto y poderoso. Ya podía mirar a su alrededor y observar al resto de los árboles que crecían a la orilla del agua. Algunos tenían enormes flores blancas, otros exhibían hojas tan grandes y verdes que parecían hechas de esmeraldas, otros mostraban una corteza tan resistente que ni los leones de afiladas garras podrían haber dejado en ella la señal de un arañazo.


Cada una de aquellas especies poseía su belleza. Pero en el fondo, el baobab estaba convencido de que ninguna de ellas podía compararse con él. Nunca se había visto a sí mismo, es cierto, pero sentía cómo crecían sus brotes y eso le hacía imaginarlos más verdes que los de ningún otro árbol.


Una tarde, mientras reflexionaba sobre todas aquellas bendiciones que le habían tocado en suerte, la brisa que soplaba en las orillas del lago se calmó de pronto. Las aguas del lago también se quedaron quietas. Y al detenerse, se volvieron tan lisas y resplandecientes como un espejo.


El baobab las contempló maravillado. ¿Qué era aquel bosque que parecía haber surgido donde antes no había más que agua? Al principio pensó que se trataba del hechizo de un brujo, pero luego empezó a reconocer a algunos de sus compañeros árboles. ¡Estaba viendo el reflejo de la orilla! Pero, en ese caso, ¿dónde estaba él? ¿Dónde estaba el más bello y perfecto de los árboles? El baobab miró hacia abajo y se estremeció desde las raíces hasta la última de sus hojas. Sí, allí estaba su reflejo también, entre el de los otros árboles; solo que no se parecía en nada a lo que él había imaginado. Su tronco no era largo y esbelto, sino abombado y gordo; sus ramas parecían torpes dedos que salían de aquel tronco deforme. Sus hojas, diminutas y de un deslucido verde claro, no podían competir con las de las otras especies que había visto. Y en cuanto a su corteza, en lugar de parecerse a las mejillas sonrosadas de los niños humanos, como él había imaginado, se parecía a la piel gruesa y rugosa de los elefantes.


El baobab se mantuvo durante largo rato mirando aquella imagen fea y ridícula que le devolvía el lago. ¿De verdad tenía aquel aspecto? No se lo podía creer. Un árbol como él merecía algo mejor.


Después de darle muchas vueltas, decidió presentar una queja ante el Creador. En cuanto el sol asomó de nuevo tras las colinas, el baobab se puso a gritar su nombre con toda la fuerza de su tronco medio hueco.


—¡Creador! ¡Creador! Te exijo que te presentes ante mí, porque debes darme una explicación. ¿Cómo es que al repartir la belleza entre los árboles a mí no me tocó nada? Mi tronco es áspero como el lomo de un rinoceronte, mis ramas desordenadas y torpes como los intentos de volar de un pájaro recién nacido, mi tronco es tan abombado y deforme que parece el dibujo mal hecho de un niño humano... ¿Cómo piensas arreglar este desastre? Ya he sufrido bastante al verme así... Es hora de que me compenses por tus errores dándome todo lo que me falta.


El Creador había salido de entre las nubes para oír aquel pequeño discurso del árbol. Mientras el baobab hablaba, escuchó con una mezcla de asombro y diversión en su pícaro rostro de joven guerrero. Cuando el árbol terminó de quejarse, el Creador se le acercó flotando por el cielo y le dijo:


—Pero vamos a ver, ¿a ti qué te pasa? ¿Es que tú crees que yo hago a mis criaturas únicamente para que sirvan de adorno? La belleza exterior no es algo que a mí me interese especialmente. Algunas criaturas me salen más armoniosas y otras menos, pero eso no tiene nada que ver con su misión en el mundo. Da gracias de que no te castigue por tu vanidad —dijo por fin.


Antes de que el baobab tuviese tiempo de reaccionar, el Creador se había disuelto entre las nubes. Pero el árbol no se quedó conforme. No pensaba renunciar a sus reivindicaciones. Decidió esperar un tiempo antes de volver a dirigirse al Creador. Aguantó sin quejarse hasta una mañana de finales de verano en que la brisa se calmó completamente y volvió a ver su reflejo en el lago.


—Creador, ya he tenido suficiente paciencia —gritó—. Ya es hora de que soluciones mi problema. ¿Por qué no te presentas aquí de una vez y me ayudas?

El Creador escuchó. De improviso apareció entre las nubes y miró al baobab con el ceño fruncido.


—No te entiendo, baobab —le dijo—. No entiendo que te preocupe tanto tu aspecto. ¿Por qué es tan importante para ti?


—Porque cuando el viento se calma veo mi reflejo en el lago y no puedo soportar mi fealdad. Si al menos no tuviese que verme... Si lo arreglases todo para que nunca dejase de soplar la brisa en mi orilla...


—Se me ha ocurrido una idea mejor. Quieres dejar de verte, ¿no es eso? Pues tengo la solución.


Con su mano firme, el Creador arrancó el baobab e la tierra. Después le dio la vuelta y lo volvió a plantar, dejándolo con las raíces en el aire y las ramas enterradas en el suelo. A partir de ese día, nunca más volvió a verse, porque está plantado al revés, y sus raíces crecen hacia el cielo mientras sus ramas cavan hacia abajo. Él hace todo lo posible para ayudar a los mortales con las propiedades medicinales de sus frutos y de su corteza.


A veces pareciera que no estamos a gusto con lo que hemos recibido en nuestra vida, nos volvemos exigentes y malagradecidos. Los chaparros quieren ser altos, los altos más chaparros, los gordos quieren ser flacos, los flacos tener más relleno, las lacias quieren ser chinas, las chinas, lacias. Cuando hace calor, queremos frío; cuando hace frío, calor. Cuando estamos en la escuela ya queremos salir de vacaciones, y cuando estamos de vacaciones, queremos volver a la escuela. Cuando somos niños, queremos ya crecer y, cuando crecemos, queremos volver a la infancia. ¿Por qué no abrazar lo que somos y hemos recibido?


Han terminado una etapa más, la primaria, la base de lo que serán en el futuro. Ahora van a la secundaria, algunos de ustedes tienen miedo, más materias, profesores y tareas. Alguno me ha preguntado, hermana, ¿es difícil la secundaria? Y les he respondido: depende. Alguno pregunta, ¿de qué? ¿de ser inteligente? Bueno, depende…la inteligencia no es solo el rendimiento académico, lo es también saber organizarse, conocerse a uno mismo, saber ver por los demás. No se dejen llevar por los prejuicios o las apariencias. El gran baobab no estaba a gusto con su apariencia, pero no esperó a conocer que tenía muchísimas propiedades medicinales en sus hojas y en sus frutos, en África se le considera el árbol de la vida. El Creador hizo bien en impedir que el árbol se estuviera viendo a sí mismo. A veces nos vemos tanto que nos olvidamos de todo lo que hay alrededor nuestro, que los demás también tienen dones por descubrir, que los amigos, nuestra familia están allí para ayudarnos y complementar lo que nos falta.


Esta historia es una leyenda africana, pero nosotros creemos en un Dios que nos creó por amor, que a todos nos va confiando una misión. En la secundaria van a seguir descubriendo qué les gusta, para qué son buenos. No estudien para dar gusto a sus papás, aunque sea bonito que ellos estén satisfechos de ustedes, estudien porque conocer es hermoso, porque aprender ensancha nuestra mente, porque en lo que me gusta y en lo que soy bueno me irá mostrando Dios en dónde puedo servir mejor a los demás. No pierdan el tiempo viendo lo que no les sale, como el baobab que solo veía su tronco gordo y sus ramas pequeñas, vean más bien aquello donde sienten que su corazón late más fuerte, más rápido. Allí van a ir descubriendo, con ayuda de sus maestros y familia dónde quiere Dios que le sirvan. Muchas felicidades.


Colegio Isabel la Católica

Presente Lux est vita


 
 
 

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