Los caminos de Dios no son nuestros caminos: vocación H. Dariana
- CILAC
- 19 feb 2020
- 6 Min. de lectura
¿Cómo descubrí el llamado de Nuestro Señor Jesús a una vida más íntima con él?
“En medio de tantas palabras diarias, necesitamos escuchar que no nos habla de cosas, sino de la vida.”
Mi llamado se puede decir que estuvo muy oculto, pues fueron muchas circunstancias a mi alrededor las que con frecuencia me arrastraron al pecado. A los 13 años comencé mi vida de desorden. Sin saber las trampas que están en el camino, a una corta edad comencé con rebeldías y dudas de fe, con un corazón lleno de orgullo y rencores y, como muchos jóvenes, la realidad de no encontrar a alguien quien te escuche o quien te diga que puedes lograrlo; muchas veces me topé tan solo con reproches personales y los falsos refugios que muchas veces las amistades ofrecen, como el alcohol y las droga. En ese momento jamás se me ocurrió voltear a ver Aquel Hombre que en una cruz estaba con los brazos abiertos; sabía que existía porque mi familia me lo había inculcado pero jamás me interesó conocer ese amor. Algunos a veces me hablaban de Jesús, pero yo los ignoraba; sin embargo, la semilla fue quedando en mí y, sin darme cuenta, fue creciendo poco a poco.
La confianza que mis papás en algún momento me dieron, en el paso de los años se perdió; llegó un punto en donde yo ya podía hacer cualquier cosa y parecía que a ellos no les importaba, aunque en realidad no era así, estaban cansados de mi comportamiento, de cómo una adolescente de los 13 hasta los 16 años pudiera abusar tanto del alcohol, de cómo me la pasaba de fiesta en fiesta, de que les dejara a ellos y al estudio en segundo lugar. Mis amigos y todo lo demás ocuparon el primer lugar en mis preferencias.
En la preparatoria tenía una compañera que profesaba abiertamente su fe y siempre nos evangelizaba sin importar las burlas que le hacíamos. Me llamaba mucho la atención que a pesar de éstas no se callaba, siempre estaba ahí con algo de la Palabra del Señor para decirnos y con su rosario. Un día se me ocurrió preguntarle sobre su Señor Jesús y me empezó a contar miles de cosas que habían pasado por su vida y en eso me dijo: “¿tú no crees verdad?” Sólo me reí y le contesté que no. Ella me invitó a conocerlo, yo sólo me seguía riendo, pero ya no sabía si era de nervios o sólo por reírme por lo que trataba de hacer (cambiar mi opinión respecto a la fe). Finalmente le dije: “bueno está bien.” Ese día en la tarde fui a una asamblea de oración de la Renovación Carismática. Cuando llegué estaba expuesto el Santísimo. Comenzaron a hacer oración y sólo recuerdo que me la pasé llorando, era algo que no podía controlar; de pronto recordé cuán cruel había sido con toda mi familia y lo poco que me importaba mi vida, esa vida que Dios me concedió. Ese día entendí que a pesar de todo lo que hice y lo que tenía pensado hacer, Jesús me esperaba con los brazos abiertos.
Pasaron los días y se me olvidó ese momento tan especial; en esos días mi compañera se acercó y me dijo que alguien quería conocerme más, que quería hablar conmigo y me preguntó si estaba dispuesta a aceptar; yo le dije que sí, pero en realidad no sabía qué o a quién, yo pensé que era un muchacho, pero ella me hablaba de Jesús en la cruz. Me dio pena decirle que no quería ir a un retiro, la vi tan alegre al hacerme la invitación que no pude rechazarlo. Fui a las doce preparaciones para vivir un Seminario de Vida en el Espíritu el 28 de abril de 2016. Ése fue un momento decisivo para un cambio de vida, a partir de ahí fue un punto y aparte. Conocí un amor tan grande y maravilloso, fue increíble cómo pude palpar el gran amor y misericordia de un Dios al que había fallado tantas veces y aun así seguía con los brazos abiertos esperándome. El encontrar tantas faltas en mi vida y sentir a personas que estaban a mi alrededor alabando a un Dios tan grande, el sentir que oraban por mí, que le rogaban al Señor por mi sanación y conversión, me hizo pensar y sentir: “¿y si comenzamos de nuevo”?
Nunca nadie había logrado llenarme de ese amor que tanto deseaba, me sentía amada por primera vez, me sentía tan feliz, tan llena de paz al saber que alguien murió por mí y que en todo lo que pasé, en los errores que cometí Él estuvo a mi lado buscándome, y por más que yo pasaba frente a Él no lo reconocía. Saber que Él jamás me soltó, sentirlo, tocarlo en la Eucaristía y saber cómo mi corazón latía mucho y lloraba no ya de tristeza sino de tenerlo a mi lado, me llevó a tener la certeza de que tenía que agradecerle todo lo que había hecho por mí. Sentí un gran amor a Jesús Eucaristía y le dije que sería solo de Él para toda la vida, sentí que quería misionar, tocar las puertas de las casas para llevar su mensaje, orar mucho por aquellas familias necesitadas y por los jóvenes que pasan por situaciones difíciles. Estos deseos nacieron allí, frente a Jesús, y esa semillita que poco a poco crecía se fue fortaleciendo.
Jesús me tomó esas palabras muy en serio, pues unos meses después conocí a las Hermanas Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento. En ese momento me hice la olvidadiza y dejé pasar lo que dije. Pasé nuevamente por pruebas duras, recaí en el alcohol por varios meses más. Después de haber dejado este vicio por dos años la recaída fue mucho peor. Me sentí tan mal, pues ya había conocido a Dios y nuevamente me aleje Él, olvidé todo lo que hizo por mí el día que lo conocí, todo lo que yo quería lo tenía y el mundo me consumió. Pero el Señor no se dio por vencido, volvió a luchar por mí y poco a poco me logró enamorar de nuevo como aquella primera vez, me colocó a más personas que me regresaron al camino, tuve una confesión de más de una hora y fue increíble sentir una gran liberación, obtener nuevamente el perdón, sentir la misericordia de Jesús, su abrazo. Yo me tomé de su mano y le pedí una oportunidad más a su lado sirviéndolo.
En esos momentos tenía una relación de noviazgo, pero sentía un amor mucho más grande por Jesús. Me decidí a preguntarle “¿qué quieres de mí?” Lloré porque dañé mucho esa relación y no sabía cómo arreglarla; a los pocos días esa relación se terminó y sentí mucha paz. Después fui al concierto de adoración Cielo Abierto con mi grupo y volví a reencontrarme con las hermanas. Mi corazón latía incontrolablemente, sentía una felicidad inexplicable cuando las vi. Ellas me volvieron a invitar a jornadas y a una misión. Logré ir y estando ahí era feliz, sentía como mi alma y mi cuerpo estaban conectados por primera vez. Estuve en un proceso de un año pero en ese año me sirvió para saber qué es la vocación y que en cualquiera que yo escogiera el Señor me invitaba a ser feliz. Hice mi carta para entrar a la congregación de Misioneras Clarisas, después de un periodo de convivencia en Cuernavaca. El 25 de diciembre por la noche me dieron la noticia de que estaba aceptada para iniciar el postulantado, (etapa en la que estoy actualmente). Ese día quedó marcado para siempre y me sentí muy feliz y muy llena de gracia. Aún estoy en un proceso de discernimiento para seguir la voluntad de Dios en la comunidad de Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento.
En estos momentos soy muy feliz en la vida religiosa, tuve mucho miedo al saber que Dios me llamaba a la vida consagrada, pero me doy cuenta de que soy muy feliz; claro, aún con desánimos y pruebas, pero ahí está Él siempre con sus brazos abiertos y siendo un caballero, que me enamora cada día con los pequeños detalles y a través del ejemplo de nuestra madre Fundadora, la Beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, de quien estas frases me animan cada día: “Que todos lo conozcan y lo amen es la única recompensa que quiero” y “si no es para salvar almas, no vale la pena vivir”.

H. Dariana Lizbeth Vázquez López, postulante.
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