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Mi vocación

  • Cilac2019
  • 17 feb 2020
  • 3 Min. de lectura

¡Que agradecimientos brotan de mi alma al considerar esta gran Merced de mi Señor al darme el ser, al darme esta alma que es imagen suya, la que ha enriquecido con los más regalados dones de su misericordioso amor!


Hola a todos, soy la Hna. Noemí García Román Misionera Clarisa, originaria de Atotonilco el Alto, Jalisco, argullosamente tapatía. Mis padres son Alfonso García Zúñiga y María Gloria Román González, que en paz descanse; formamos una familia de 4 hermanos: Idalia, Eleazar, Fermín, quien es mi cuate, y a quienes amo profundamente.


Fuimos criados en la fe católica gracias a mis abuelos paternos, a quienes cariñosamente les llamaba papá Jesús y mamá Leonor, hombres con un profundo amor a Jesús Eucaristía, pertenecientes a la adoración perpetua. Es en esa etapa que aprendí a conocer a Dios y a Maria y a entablar una relación muy cercana con ellos por medio de la oración.


Otro don que Dios me dio fue la vocación al magisterio, pues mi mamá fue maestra, y el ver su entrega, gran espíritu de servicio, sencillez para con los niños y sus familias, así como el gran amor que sus ex alumnos le tenían cada vez que la visitaban o se la encontraban, me hizo estudiar para maestra y poner al servicio de los demás las virtudes que Dios me había dado y ser partícipe de la construcción de una mejor sociedad.


Desde mi adolescencia estuve en grupos parroquiales, como Pandillas Cristianas, pascuas juveniles y un grupo misionero. Del año 1996 al 2000 estudié en la Normal para Educadoras en Arandas, Jalisco.


Al terminar, del año 2000 al 2005 estuve trabajando por las mañanas en jardines particulares en Atotonilco y por la tarde con adultos en diferentes comunidades con alfabetización, etapa hermosa donde aprendí a valorar a las personas y el esfuerzo por terminar su educación primaria.


Durante estos cinco años pertenecí al grupo misionero “Amigos de Cristo“, donde Dios fue sembrando en mí la vocación misionera y, sin que yo lo supiera, fue fraguando el llamado a la vida religiosa. Cinco años de conocer el mundo misionero con los combonianos y sus misiones en África con dos retiros anuales, experiencias de misión en el Estado de Oaxaca, donde pude palpar la realidad de los católicos, la pobreza, la sed de la gente de conocer y amar a Cristo; es ahí donde vi la necesidad de la urgencia de que Cristo reine.


En este tiempo, mi oración de cada jueves ante Jesús Eucaristía era: “Señor, hazme saber lo que quieres de mí, no me veo casada, soy feliz siendo maestra, en mi familia, con mis sobrinos, pero deseo regresarte un poco de lo mucho que tú me has dado”.


Y Nuestro Señor, que no se deja vencer en generosidad y amor, me eligió para ser suya. Nació en mí un deseo de conocer más de cerca a las Misioneras Carmelitas, congregación de Atotonilco, a las cuales apoyaba con el grupo misionero a atender un asilo una vez por mes, para irme como misionera laica por uno o dos años a alguna de sus misiones.


Un día la Hna. Vero me preguntó si me gustaría ser religiosa; de manera inmediata y con mucho miedo le respondí que no, que quisiera darle a Nuestro Señor un año de mi vida, a la cual me respondió con una pregunta “¿y por qué no darle toda tu vida?” Esta idea quedó muy grabada en mi corazón y seguí pidiéndole que me hiciera saber su voluntad.


Fue hasta el mes de mayo de 2005 que al encontrarme en la calle cerca de la casa de mis papás a la Hna. Tere Gutiérrez, promotora vocacional de nuestra Congregación, me invitó a vivir una jornada vocacional en Cuernavaca, Morelos, en Casa Madre, durante el mes de junio. Asistí con un grupo de diez chicas, donde al ver cómo vivían las Misioneras Clarisas, cómo rezaban, cómo cantaban y se relacionaban entre ellas y con nosotras, me fui identificando con ellas, y el jueves en la Hora Santa, ante Jesús Eucaristía, sentí la respuesta de Cristo en mi corazón: “Quiero que seas Misionera Clarisa, mi esposa”; fue el momento más feliz de mi vida, encontrar mi vocación.


Ingresé el 10 de noviembre de 2005 con grandes deseos de amar a Dios, vivir con Él y servirle en mis hermanos y así extender su Reino. Han sido quince años llenos de retos, entregas, alegrías y tristezas en compañía de Jesús y Maria, así como de cada una de mis hermanas Misioneras Clarisas. No tengo cómo pagar a Dios su amor y misericordia para con esta sierva suya, sólo deseando servirle desde mi fragilidad, para que muchos le conozcan y le amen.


H. Noemí García Román MC

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