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¿Por qué mi hijo no me escucha?

  • Foto del escritor: CILAC
    CILAC
  • 9 dic 2019
  • 3 Min. de lectura

Independientemente de la edad del hijo(a), cada día es más común escuchar en los padres de familia frases como: “¡Mi hijo no me escucha!”, “¡parece que hablamos idiomas distintos!”


Es cierto que las actuales generaciones son muy diferentes a las de hace apenas un par de años, y en ocasiones pareciera que somos de diversos planetas padres e hijos. Sin embargo, sólo es cuestión de obtener un poco más información que nos permita entender las características sociales, cognitivas y emocionales de las etapas de ellos.


Nelsen (2018), describe que usualmente los adultos se quejan de que los niños tienen la atención muy dispersa o que no escuchan. El problema no es lo anterior, sino que lo solicitado por los padres va en contra de algunas necesidades básicas. Esta misma autora, señala que el niño está “programado” a desarrollarse explorando por instinto, y el adulto no lo permite, dando como resultado que la voz del instinto del niño sea más fuerte que la del adulto, generándose en el padre pensamientos como: “no me escucha mi hijo.”


Un niño de edad preescolar requiere desarrollar habilidades sociales y de pensamiento para cumplir las peticiones del adulto. De acuerdo con Nelsen, es importante tomar en cuenta las siguientes características:


  • El niño no tiene las mismas habilidades que los adultos.

  • Los niños normalmente cooperan cuando se sienten empoderados de elegir.

  • Están lejos de la autosuficiencia, pero necesitan un poco de independencia para aprender y practicar nuevas habilidades

  • Comienzan a interesarse por las demás personas que comparten su mundo dejando de ver a mamá, papá o familiares inmediatos como los miembros más importantes de su mundo y empiezan a establecer conexiones con otras personas.

  • Presentan dificultad para entender lo que es real y lo que es imaginario.

  • Los niños no nacen entendiendo entre la verdad y la mentira.


Por otra parte, los adolescentes se encuentran en una etapa en donde adolecen, es decir, carecen de un desarrollo adecuado en la corteza prefrontal del cerebro, que es la encargada de regular el temperamento, la impulsividad y las funciones ejecutivas. La adolescencia es una etapa en donde gobierna la actividad neurohormonal y, en palabras de Nelsen (2013), los papás ya no son los pilotos, sino los copilotos del avión, en donde no está permitido que el adulto haga uso del paracaídas y brinque.


Los padres necesitamos entender cómo funciona el cerebro de los adolescentes, diferenciar entre el adolescente normal y de nuestros sueños, comprender la presión que ejercemos nosotros y sus amigos. Sin duda, los padres nos convertimos en los frenos que el chico(a) requiere. Para el adolescente, nuestra función es sólo de proveedor, y el principal objetivo es sentir que pertenece en su grupo de pares, esto significa que en la mayoría de las ocasiones nuestros consejos son percibidos como sermones que nos llevan al mismo resultado, lo que para nosotros se interpreta como sentir que no hablamos el mismo idioma.


Esto no significa que nuestros hijos en la etapa de preescolar o secundaria nos hayan dejado de escuchar, en ambas ellos requieren del mayor acompañamiento y están en proceso de desarrollar habilidades y generar nuevas conexiones que marcaran el vínculo entre ellos y nosotros. No es fácil implementar lo anterior, se requiere constancia, perseverancia y sobre todo paciencia, sin embargo, para ellos es más difícil ser un niño o adolescente de estos tiempos, en donde se percibe que los adultos estamos más ocupados en nuestros pendientes que escucharlos.


La clave es investigar y prepararnos. Necesitamos fortalecer el vínculo que adquirimos desde el primer momento en que supimos de su existencia, validar y empatizar sus emociones para poder poner el freno que necesitan respetuosamente firme, pero todo esto sin ausencia del principal ingrediente que mueve a todo: el amor.



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