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Vivir el servicio a través de la Diaconía Permanente

  • Cilac2019
  • 26 feb 2020
  • 3 Min. de lectura

Soy María Elizabeth Guerrero Sánchez. Amo mi trabajo y en él descubro esa hermosa combinación: servir a Dios y ejercer mi profesión. Con mucho orgullo formo parte del equipo de trabajo de la Primaria Menor, en la Coordinación Académica. Me siento muy honrada de compartir grandes retos y objetivos con profesionistas educativas como lo son las Hermanas Clarisas en el Colegio Isabel la Católica.


A lo largo de mi vida, he tenido el deseo de encontrar a Dios. Desde pequeña era militante de la Acción Católica de Adolescentes y Niños (ACAN). Ahí crecí, viví mi adolescencia y luego la hermosa juventud, acompañada de grandes amigos y hermanos en Cristo que, en comunidad apostólica, crecimos en la madurez y en la fe, convirtiéndonos en testigos de Cristo, gran compromiso que hasta la fecha lo vivo y lo disfruto.


Y fue precisamente en este ambiente parroquial donde conocí a Juan Carlos Flores Guajardo, él, también militante del grupo de Acción Católica de Jóvenes Mexicanos (ACJM). Yo estoy segura que en este encuentro de amor sincero nos identificamos por el amor a Dios y a la Virgen Santísima que ambos experimentamos, a nuestros ideales y tan valiosos principios que nos fue forjando como católicos con toda esa formación cristiana. Ambos estudiamos nuestras carreras profesionales, Juan Carlos como abogado y yo psicología.


Vivimos nuestro noviazgo de 8 años combinado con los estudios y trabajo, hasta que en el año de 1989, cuando ya habíamos terminado nuestras carreras, me pidió que nos casáramos, y entonces, el 23 de noviembre de 1990 contrajimos matrimonio. Vivimos felizmente disfrutando de nuestros tres hijos: María Elizabeth, Juan Carlos y Diego Armando.

Nuestro apostolado se concentró en la catequesis, sirviendo y formándonos en el Secretariado de la Pastoral Catequética y desde hace más de 20 años en el Coro Parroquial, cantándole a Dios en las celebraciones y encuentros. Sin embargo, Juan Carlos sentía la necesidad de servir a Dios de otra forma. En el año 2010, me compartió su deseo de servir en la Diaconía Permanente. Juntos reflexionamos y conociendo el compromiso que significaba y el esfuerzo que implicaba, estuvimos de acuerdo en aceptar esta misión, sabíamos que la voluntad de Dios estaría siempre presente. Fue aceptado en el Instituto Diaconal de la Arquidiócesis de Monterrey, e inició su formación durante 5 años. Cabe señalar que, desde su ingreso, el aspirante de Diácono debe contar con la aprobación de su esposa, que el apoyo con el que de ahora en adelante deberá contar, será con amor y alegría. Conscientes de que ya no es un grupo parroquial, sino un ministerio, una orden, me tocaba dar el sí, pues entre las características que debe poseer la esposa del Diácono Permanente, prevalecen el ser sensible y capaz de escuchar las necesidades del prójimo, ser fuerte y prudente, ser orante, en la virtud de la esperanza y en la fidelidad. Con sólida base cristiana, dispuesta a seguir creciendo, enriquecer la vocación matrimonial y promover estos principios en la familia, como iglesia doméstica. Y muchas virtudes más.




Entonces hubo tiempos en los que yo sentía que no iba a poder, que no contaba con estas virtudes, que el camino no iba a ser fácil. Le pedía ayuda al Espíritu Santo, a la Virgen Santísima, y siguió inspirándome. Y seguimos este proceso de formación diaconal y entonces en agosto del 2015, Juan Carlos se ordenó (me atrevo a decir nos ordenamos), y continuamos esta hermosa misión, sirviendo a Cristo, en favor de la iglesia, pidiendo que siempre nos ilumine y nos haga dignos hijos suyos para llevar su Palabra a donde Él nos envíe. Continúo aún en este proceso de crecimiento, sé que el amor de Dios es tan infinito, que me sigue ayudando para fortalecerme a mí y a mi amado esposo.



Por eso, agradezco a mi Señor por tantas bendiciones y por tanto amor que nos ha permitido compartir. ¡Que nos permita servir de instrumentos de Cristo, hasta que sea su voluntad!


Ma. Elizabeth Sánchez Guerrero

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