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Vocación a la consagración y a la ciencia

  • Cilac2019
  • 24 feb 2020
  • 5 Min. de lectura

Soy la última de siete hermanos; ellos cuentan que cuando mi mamá se fue al hospital estaban los tres hombres y las tres mujeres “apostando” cada uno por su lado: "¡los hombres vamos a ganar!" y las mujeres decían "¡no, seremos las mujeres!" Hasta que el teléfono sonó y dieron la noticia: ¡ganamos las mujeres! Después de mí, aún tuve otra hermanita que mi madre perdió al poco tiempo de nacer, le pusimos por nombre Angélica. Crecí con un gran sentido de lo que es compartir todo, absolutamente todo, porque en nuestra familia los recursos económicos fueron siempre muy limitados.





Algo que ha marcado mi vida, fue el ingresar al movimiento de scouts; desde los 7 años veía a mis hermanos regresar muy contentos de cada campamento y yo decía a mi mamá: “¡yo quiero ir a donde van ellos!” Pero me decía: “hija, no tienen la sección de mujeres, sólo hay para hombres”. Seguí insistiendo hasta que supe que abrirían la sección para mujeres, por lo que muy contenta e ilusionada, llegando a mi primera junta, vi muchas chicas más altas que yo; claro, era la única niña de 9 años porque todas las demás tenían de 15 para adelante, así que se ya imaginarán como fue mi primer campamento: cuatro días fuera de casa… Recuerdo que la primera noche comencé a llorar y no quería que me vieran; al no poder evitarlo y tener que estar en la fogata con todas, me preguntaban: “¿Qué tienes?” Yo les respondí: “¡el humo de la fogata está irritando mis ojos!” Este fue el inicio de un hermoso camino lleno de retos y aventuras que duró seis años hasta que por las tareas de la preparatoria tuve que dejarlo.




Durante la preparatoria y universidad estuve en grupos juveniles de la Iglesia y en Semana Santa desde los 9 años comencé a ir de misiones. El estar en los scouts y los grupos juveniles fueron para mí como las raíces que dieron fuerza y forma a lo que yo sin saber ni pensar - sólo sabiendo que eso me hacía sentir útil y llenaba mi vida - ya Dios lo tenía como parte de mi vocación.


La elección de la carrera era para mí una gran ilusión, al estar desde pequeña en contacto con la naturaleza, me hizo admirarla siempre y desear “hacer de este mundo algo mejor de como yo lo encontré”[1]; de hecho, quería estudiar Astronomía, pero al saber que las matemáticas y la física son el lenguaje básico, supe que mi cabeza no estaba hecha para eso, así que decidí aplicar para Biología. En esta etapa de mi vida tuve mi primer novio y las amistades se fortalecieron mucho.


Al terminar la carrera busqué beca para estudiar la maestría en Bioética en la Universidad de Navarra, y ya me veía terminando el doctorado y casada con 4 hijos. Mi proyecto de vida como yo lo había planeado se empezó a desmoronar cuando supe que no me darían beca por ningún lado y el chico con el que pensaba formar una familia se había ido a realizar su maestría a 16 horas del lugar donde vivía y no pensaba tener nada formal conmigo.


Fue así que, a los 26 años entré en crisis; me preguntaba “Señor, ¿pues qué no es esto lo que quieres de mí? ¿Qué no te puedo servir a través de la ciencia y de formar una familia?” Ante esta situación recurrí a un amigo sacerdote para que me ayudara a saber qué es lo que Dios quería de mi vida.


Este amigo fue quien me ayudó a descubrir qué es lo que Dios trataba de decirme. Recuerdo que yo le decía al padre: “¡Usted dígame que debo de hacer! porque yo soy muy torpe, distraída, desesperada… y ya tengo 26 años… No soy una persona de oración y contacto con Dios como para saber qué es lo que Dios quiere de mi vida con claridad.”

El padre con mucha paciencia y amor me fue acompañando; al cabo de un mes aproximadamente, le dije: “yo no puedo ver ni sentir nada… ¿usted me puede ayudar?”, y me dijo: “creo que nuestro Señor te llama para ser de Él, pero eso lo tienes que sentir y decidir tú”. Cuando escuché estas palabras, sentí como si me quitaran una venda de los ojos, mi corazón empezó a latir muy fuerte, como cuando alguien te dice ¡me gustas!, corrí para el sagrario que estaba muy cerca, me arrodillé, lloré y le dije: ¿Por qué yo?, ¡yo no! Si hay otras chicas mejores que yo ¿porque yo? Y después de llorar un largo rato, sentí una paz muy grande dentro de mí. Regresé con el padre y le dije: “¿si le digo sí, que es lo que debo hacer?”; él me dijo que no me apresurara, que regresara la siguiente semana y Dios me iba a seguir indicando el camino. Pasada la semana estaba nuevamente con el padre haciéndole la misma pregunta, a lo que él me dijo: “eres como una semilla, hay que saber que “terreno” es el adecuado para ti para que puedas crecer adecuadamente, en otras palabras, ser feliz; te puedo dar tres opciones y tú eliges”. Fue cuando comencé a sentir miedo y le pregunté: “¿pero y como sabré que ésta es mi vocación? Si ingreso, el tiempo va a pasar y ya no estoy chiquita como para probar tanto…” Él me dijo: “muchas congregaciones tienen un tiempo de al menos 6 meses para que tú las conozcas y ellas te conozcan a ti, si sientes que no es lo tuyo, puedes salir sin ningún compromiso de por medio”. Eso me dio mucha tranquilidad, así que cuando empecé a buscar congregación y di con las Misioneras Clarisas, no sentí que ése era mi lugar, sólo me marcó algo: la sonrisa de cada hermana. Cuando entregué mi solicitud le dije a Dios: “si Tú me quieres aquí, me van a admitir”. Cuando recibí mi respuesta afirmativa, empecé a decir a mi familia y amigos: “ya me voy pero regreso en 6 meses”. Un día antes de ingresar llamé al chico que había sido mi novio y le dije: “me voy de misionera” y me respondió: “¿y si mañana llego a tu casa para pedir tu mano?”, yo le dije “demasiado tarde, gracias por tu amistad”.




El día de mi ingreso le dije al padre: “Padre, ¿qué estoy haciendo? Al chico al que quería le dije que no, y además dejé mi familia, amigos, trabajo...” y empecé a llorar; el sólo me dijo: “si Dios te quiere aquí, algún día vas a poder dar testimonio de lo que has vivido”, claro que en ese momento no entendí nada, solo sentí su consuelo y a partir de ese momento comencé a vivir la santa indiferencia de la que él me hablaba y sobre todo a confiar y a dejar mi vida en las manos de Dios.




Con el paso de los años he ido comprendiendo varios detalles en mi vida, como el de que mi amor por la ciencia puede entrar en un perfecto diálogo con Dios y, de hecho, me hace amarlo más. He comprendido también que Dios me ha dado un corazón para amar no sólo a un hombre sino a muchos hombres con el amor de Cristo, y que todo lo que hago en mi vida puede servir para dejar este mundo mejor de como lo encontré.










[1]Es la frase del fundador de los scouts, Baden Powell.

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