Yo me olvidé de Él pero Él no se olvidó de mí….
- CILAC
- 12 feb 2020
- 6 Min. de lectura
Buen día queridos lectores, deseándoles paz en sus corazones me dispongo a narrar en este breve espacio mi llamado a la vida consagrada.
Soy la hermana Rita Orozco actualmente novicia con las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento. ¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo es que un día desperté y tenía todo un ajuar religioso con velo incluido en mi closet? He aquí mi historia.
Vengo de una familia católica, mi papá muy tradicionalista y fiel seguidor de sus responsabilidades para con los mandamientos de la iglesia. Sin embargo, a pesar de que nos educó en los actos de piedad y las tradiciones eclesiales no encontraba yo un sentido práctico para todo lo que hacíamos. ¿Por qué rezar? ¿Para qué ir a la iglesia cada domingo? Mi mamá hasta entonces no era católica practicante, mas creía por haber estado en una escuela de monjas y haber sido marcada por la bondad de una de ellas. A ella le llegó su conversión, yo habría tenido unos 5 años quizás y desde ahí la vi poner en práctica, sin anunciar con la palabra, la finalidad del Evangelio que es la caridad para con el prójimo y el amor a Dios por encima de la tradición. Eso me hizo constatar que había un fruto “antojable” en todo esto.
Mi mamá, cuando iba a hacer yo la primera comunión me enseñó a amar a Dios, particularmente en la persona de Jesús, como a un amigo cercano. Recibí mi primera comunión como si recibiera a mi mejor amigo y como tenía amiguitos en la primaria, no tuve dificultad para verlo así.
Mi gran amigo quedó en el olvido cuando entré a la adolescencia y me empecé a desenvolver en grupos sociales incluyendo un coro y grupo juvenil de la iglesia. Entré a la universidad a estudiar Biología y el conocimiento, la ambición por un título y la autosuficiencia terminaron por desplazar casi por completo a mi amigo de la infancia. Yo me olvidé de Él, pero Él no se olvidó de mí.
Tenía veinte años, estaba en sexto semestre y en periodo de exámenes cuando llegó la Semana Santa de ese año y particularmente el día de Pascua. Estaba pasando por una crisis existencial, estaba de mal humor, tenía resentimientos, me sentía omnipotente con todo el conocimiento que estaba adquiriendo y para adornar con broche de oro, estaba peleada con mis amigos, mi familia y mi novio. Mi mamá que, hasta ese entonces, había sido muy paciente conmigo también estaba alejada y molesta por mi mal comportamiento.
Ese día, Sábado para amanecer Domingo de Pascua, estudiaba, me quedé en casa mientras que mis papás se fueron a Misa, tenía en mi cabecera el libro “El y Yo” de Gabriela Bossis y algo en mi interior me movía a abrirlo. Pese a mi resistencia inicial, lo abrí, Jesús me decía “Mi regalo para ti el día de hoy es Mi presencia”, ¿Cómo es que merecía la presencia de Dios cuando el mundo y mis seres queridos me habían dado la espalda? Me estaba comportando realmente mal, era uno de mis peores momentos, ciertamente no lo merecía. Más precisamente la misericordia de Dios que no es sino “Compadecerse de la miseria del otro” le hizo “inclinarse” hacia mi miseria, podría decir que fue precisamente mi modo miserable de vivir el que llamó la atención de su amor. “Jesús conmigo en mi peor momento” me conmovió profundamente y comencé a llorar, me sentí como la mujer adúltera que Jesús defiende cuando estaban a punto de apedrearla y que al alzar la mirada no vio a nadie sino a Jesús que le decía “Mujer, ¿nadie te ha condenado?, -nadie Señor-, pues Yo tampoco te condeno, vete y no vuelvas a pecar” (Jn 8, 1-11). Sentí su amor, su misericordia, su perdón y su amistad, ese amigo que yo había olvidado no se olvidó de mí.
Me dijo otra cosa en otra hoja, “Mi regalo para ti en esta Pascua es que ya no vas a vivir sino para Mi”, era día de Pascua y el libro tiene más de 800 páginas, a mí me quedaba claro que era Él pero a veces le gusta dejar una especie de sello que borre cualquier duda y sirva como testimonio para los demás. En ese momento, me enamoré, sentí la lealtad que jamás pude sentir por alguien más, Él tenía todo el derecho sobre mí, un derecho amoroso y por mi parte voluntario, pues Él me había salvado, fue el único que se acercó en mi peor momento, así que lo merecía todo.
Entonces al día siguiente me paré en la iglesia bastante desconcertada y le dije: “¿Qué quieres de mí?” No me volvió a decir nada, ni un camino, ni una señal, ¡nada! Así que me metí a todos los talleres y actividades habidas y por haber en la iglesia. Terminé en un grupo de jóvenes, estuve ahí un año, no me sentía a gusto pues éramos de personalidades muy distintas, más me era urgente descubrir que quería este amigo misterioso de mí.
A los veinticuatro años participé, como parte del equipo organizador, en mi primer retiro para jóvenes. Ahí vi tanto dolor, confusión, tantas almas con sed de amor, del verdadero y puro amor que solo Dios puede dar. Tanto vacío, tanta tristeza y miseria ¡como la mía! Entonces entendí que debía dar a conocer a mi amigo misterioso y amorosísimo. El mundo y los jóvenes particularmente, tenían que disfrutar de un encuentro personal con Él para experimentar el alivio que yo sentí.
Fui conociéndolo poco a poco o más bien, Él se dejaba conocer por mí, salía a mi encuentro, se hacía presente de maneras ordinarias pero yo sabía que era Él, por como hablaba. Ya sea en el mismo libro que mencioné, o en canciones, o en alguna frase que escuchaba o en pensamientos que caían como por gravedad en mi mente o en mi corazón. Entonces descubrí y se hizo descubrir como una persona verdaderamente tierna, ¡tiernísima! Era el hombre más tierno que había conocido y que el mundo conocerá. Qué atributo tan desconocido de Jesús, ¿cuántos en el mundo creen que es tierno? Y sin embargo ¡es el más tierno! Cada vez lo amaba más y mi vida giraba en torno a Él de alguna manera, no plenamente pero no había día que no pensara en Él y que no hiciéramos alguna locura de amor juntos.
Nos unimos “Él y yo”, lo llevé a la escuela, posteriormente a los dos trabajos que tuve, en el apostolado con los jóvenes, si no podía presentarlo formalmente, trataba de que vieran en mi algo de Él. Un día que repasaba mentalmente la miseria que veía a mi alrededor, me dijo a través de un texto que hice mío: “Estoy aquí clavado en la cruz, no puedo ir yo por ellos, ve tú y tráemelos a todos”, entonces se creó en mi corazón el ideal, que sin saberlo en ese entonces, también tiene mi congregación actual: “Que todos Te conozcan y Te amen, es la única recompensa que quiero”. Lo sentía vibrar en mi corazón, así que decidí, en mi vida soltera de ese entonces, dedicar todas las fuerzas posibles para cumplir ese ideal; pero Él quería algo más.
Cabe mencionar que, en uno de esos arranques de locura y de amor por Él, le pedí morir joven, para estar con Él lo antes posible. Negocié el irme de este mundo a los treinta y tres años, como Él, pero a la vez sentía un ardor en mi corazón de seguir viviendo para darlo a conocer.
A los treinta años en unos Ejercicios Espirituales de 8 días (en silencio) sentí el llamado a consagrar mi vida y todo mi ser a Jesús. Vivir con y para Él, ¡como si fuéramos esposos! ¡Qué locura! Pero si la de morir joven no era algo muy cuerdo que digamos, ni la de amar a un Ser Divino que no veo, ni la de ingerir a mi futuro esposo en la Eucaristía eran propiamente lo que se dice “cuerdo”. Entonces le dije que sí, no inmediatamente, sino que tardé tres años en dejar todo lo que tenía para seguirlo, desde mi profesión, mis ideales humanos, mi gente, mis cosas, ¡todo! Y fue así como ingresé a los treinta y tres años a una congregación misionera donde el fin es hacerlo conocer y amar del mundo entero. ¿A los treinta y tres años? ¿Coincidencia? No, más bien creo que me lo cumplió de una forma muy diversa a lo que yo pedía, me hizo morir al mundo para estar con Él y continuar anunciándolo. Así que ¡estoy en tiempo extra! Por esto y más, me encomiendo a sus oraciones para no arruinar el plan de Dios como suelo arruinar todas las cosas que toco y de paso rompo.
Me despido ofreciéndoles mis oraciones por sus necesidades, yo no las sé, pero Él ¡sí que las sabe! Aunque, si pueden acercarse personalmente y decirle, les haría más caso, porque tengan por seguro que nos ha estado esperando a cada uno por largo tiempo, deseoso de desbordarse en amor. Un amor especial, único y completo que tiene para cada uno de nosotros esperándonos con los brazos abiertos siempre en el Sagrario.
H. Rita Orozco, Novicia
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